Elsa Bornemann (1952 - 2013)

lunes, 27 de mayo de 2013 |

Siempre queda bien decir que empezaste leyendo a Michael Ende o a Tolkien o a Bradbury o a Asimov. Ni hablar si sos como Borges y decís que empezaste leyendo El Quijote en una mala traducción inglesa. Yo mismo soy de los que voy por la vida diciendo que Momo, El Hobbit y El País de Octubre me metieron en esto de leer como enfermito, pero lo cierto es que al afirmar eso estoy dejando de lado las obras etiquetadas como 'infanto-juveniles' (palabra que ya mismo propongo para sacar de los diccionarios y del uso general del idioma castellano) como por ejemplo la colección Robin Hood, que nadie nombra nunca si no es para clavar un rescate emotivo y acordarse de las tapas amarillas y blablabla. O por ejemplo la colección "El Barco de Vapor", esa de tapas de color naranja, medio feas. Yo me acuerdo de una novela que se llamaba Tónico y el secreto de estado que no estaba mal, era entretenida, y otra, Pesadilla en Vancouver, que era malísima. Muy muy mala.

Y entonces hoy me enteré de que hace unos días se murió Elsa Bornemann, y me acordé mucho, de repente y mucho, de los cuentos de su libro ¡Socorro! Eran buenísimos esos cuentos. Todo ese libro. En serio, si tienen niños en la familia, o adultos sin prejuicios, ese libro es un buen regalo. 
Con la noticia de la muerte de su autora, me vienen varios cuentos de ¡Socorro! a la cabeza. Había uno que era casi un clásico nacional, sobre todo porque daba miedo y era corto y era relativamente fácil de contar a tus amigos o padres. Se llama Manos. Había otro basado en una leyenda japonesa o algo así: Joichi el desorejado. Era sobre un pibe que no sé bien por qué lo venía a buscar un samurai fantasma para llevarlo ante su jefe, otro samurai fantasma pero de mayor rango, supongo. Entonces un mago o algo por el estilo le pintaba símbolos en todo el cuerpo que lo hacían invisible a los espíritus y así lo iba a ocultar a Joichi del samurai, pero el mago se olvidaba de pintarle símbolos en las orejas. Mocazo. Entonces esa noche, el samurai, que no era muy reflexivo, veía nada más que las orejas del pobre Joichi, ahí, como flotando, y se las arrancaba sin más miramientos para cumplir aunque más no sea parcialmente con la orden de su jefe.Tremendo. Había varios cuentos más, pero no me los acuerdo, ya.

Yo no escribo casi nunca sobre libros porque en general no tiene demasiado sentido, es como explicar un chiste. Pero hoy cuando me enteré de que murió Elsa Bornemann me dí cuenta de que nunca la nombro, ni a ella ni a ¡Socorro!, cuando hablo de cómo empecé a leer como enfermito, y en cierta manera eso es una gran injusticia porque para ser sincero yo leí ¡Socorro! mucho antes de leer a Ende o a Bradbury. Además, sus libros eran obras de 'lectura obligatoria' en muchas escuelas, y seguro que más de uno empezó leyendo algún cuento suyo y terminó leyendo como enfermito.

Así, como agradecimiento y también como pobre remiendo de esa injusticia, va este recuerdo de Elsa Bornemann. 

En serio, es buenísimo este libro.
El Frankenstein de la tapa no es gratuito, ¡es el autor del prólogo!


3 Comentarios:

Anónimo dijo...

"Hoichi": el fantasma de un samurái le pide a un músico ciego que toque una balada en la tumba de su señor.

favor de verlo en la peli El má allá, si aún no la has visto,
saludos sobrenaturales

Luc Varela dijo...

¡Otro saludo para usted! Gracias por el dato.

Sil dijo...

¡Socorro! es uno de los libros que más quiero. Lo leí mil veces. Con mi hermana teníamos miedo de que alguna vez nos pasara lo de "Manos". Todavía lo tengo. Debería leerlo ahora adulta para ver qué sensación me produce.

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