El papel del crítico y su «mundaneidad».

miércoles, 23 de mayo de 2012 |

Cualquier ocasión que lleve consigo, por una parte,
el documento y la experiencia estética y literaria y,
por otra, el papel del crítico y su «mundaneidad», 
no puede ser sencilla.
Edward Said.

1

El catedrático con vitíligo da una vez más su clase inicial sobre el pensamiento de Roland Barthes desde una perspectiva acrítica posmoderna, frase que, con iniciales en mayúscula, constituye el nombre de su asignatura. Son tantas, tantas las horas de su vida que ha dedicado a dar esa misma clase que el catedrático con vitíligo puede dedicar toda una parte de su cerebro a reflexionar sobre temas menos profundos pero igual de irrelevantes. El vitíligo hace que la cara del catedrático parezca una camiseta hippie de esas que uno anuda y después hunde en lavandina para desteñir irregularmente. El vitíligo ha tomado gran parte del cráneo calvo y brillante bajo la luz del fluorescente del aula y también está presente en la mano derecha con que el catedrático golpea la mesa para enfatizar cada punto importante del pensamiento de Roland Barthes.
Al mismo tiempo, el catedrático reflexiona sobre el bronceado de las piernas de la alumna de la primera fila. Un vaivén horizontal de su mirada recorre toda la clase mientras habla sobre Barthes y cada vez que pasa por la alumna aprovecha y mira los muslos brillantes, morenos y desnudos, las piernas cruzadas y la falda subida. La mirada del catedrático se va y vuelve a esos muslos y sube para descubrir con una mezcla de decepción y morbo que las deliciosas piernas pertenecen a una jovencita por lo demás más bien fea. Decepción de una fantasía perfeccionista, sí, pero al mismo tiempo la fealdad la hace cercana, dota a la fantasía de realismo. La imperfección de la cara, el acné de la frente y la nariz aguileña conceden a la fantasía del catedrático una suerte de posibilidad de ingreso al mundo de lo real. En otras palabras, la fealdad torna terrenal y accesible a la alumna.
«El pensamiento de Roland Barthes es complejo y atraviesa muchísimos movimientos y teorías del siglo XX», dice el catedrático. La clase inicial de la asignatura es una mera introducción y comentario superficial de las principales obras del pensador francés. Es una clase aburrida y no es probable que haya preguntas ni ningún otro tipo de intercambio verbal con los alumnos. El catedrático sintetiza El grado cero de la escritura mientras se relame mentalmente imaginando el tacto cálido y suave de esos muslos, la curva ascendente hacia unas nalgas que imagina frescas y tersas, la espalda arqueada y el vello casi invisible del cuello erizado de deseo. El catedrático con vitíligo siente un cosquilleo que anuncia la inminente erección. Interrumpe su paseo circular por la tarima y se sienta detrás de su escritorio. El pañuelo que envuelve el cuello de la alumna es un tobogán que lo deposita en el valle de unos senos que adivina redondos y no excesivamente pequeños. Pezones apenas más oscuros que la piel morena de la alumna. La erección del catedrático adquiere ahora la categoría de Importante, que coincide con la adjetivación de S/Z dentro de la producción literaria de Barthes (y cuando dice que es "importante" golpea la mesa). La mano libre se esconde detrás del escritorio y reacomoda el pene erecto para que no se doble dolorosamente contra el pantalon. Tantas horas de dar la misma clase le permiten mantener un rostro pensativo que transmite profundidad mientras reordena la genitalia para dar lugar a la excitación. Sin embargo, el piloto automático falla y en una desviación momentánea de toda la atención cerebral hacia la tarea de reacomodación testicular el catedrático dice «¿Alguna pregunta?». 

2

Cuando parece que nadie tiene ninguna duda la alumna fea pero de piernas hermosas levanta la mano y dice  «No entendí eso último». Su voz es sensual, grave pero femenina, más acorde a sus muslos que a su cara. El catedrático con vitíligo no se acuerda de nada de lo que ha dicho, no sabe qué es lo último que dijo. «¿Qué exactamente?» «La última frase, sobre el significado de la castración...» dice la alumna hojeando sus apuntes y se le caen algunas hojas. Se sonroja. Es hermosa. El catedrático supone que la pregunta guarda relación con S/Z pero qué, qué ha dicho. Por dónde iba. Se puede decir cualquier cosa sobre cualquier cosa, eso es lo primero que aprendió cuando comenzó a dar clases de Teoría Literaria; ya lo intuía en su época de alumno. «Es simple. La castración es para Barthes símbolo de...» pero hasta ahí llega. Se queda quieto. Paralizado. El origen de la estupefacción lo confunde. Por un momento piensa que está intimidado por la alumna que lo excita sexualmente, pero en realidad la causa es otra. Detrás. Cuando la alumna de muslos deliciosos se ha inclinado para recoger las hojas, el catedrático ha podido ver detrás un alumno de intercambio. Alemán o algún país de esos nórdicos. Es pálido y rubio, de ojos claros. Y con vitíligo. Con vitíligo. Desaparece detrás de la alumna que sonríe. «Bueno, verá usted, Barthes es un poco... escurridizo...» Pero no puede seguir. Por alguna razón, el alumno con vitíligo lo anula. La excitación sexual ha decrecido a un mínimo latente. El pene fláccido se repliega sobre sí mismo. Ya no hay ninguna tensión en la entrepierna de sus pantalones. «La pigmentación defectuosa del alumno ubica a la mía  propia en una situación de igualdad epistemológico-cutánea que supera cualquier posible jerarquización intra-áulica previa —piensa el catedrático—. Ya no puedo enseñar en esta clase porque aquello que me distinguía de los demás no era mi extensiva carrera académica, mis miles de horas de estudio, mis numerosos posgrados en Francia, Canadá y Estados Unidos. Lo que me distinguía del resto era mi pigmentación defectuosa, y ya no lo hace. Mi pigmentación defectuosa». El catedrático tose. Bebe agua. Está ganando tiempo. «La castración es la anulación de la posibilidad binómica de los géneros», dice. Sonríe. Está contento. No tiene la más mínima idea de lo que ha dicho pero está contento. La alumna niega con la cabeza. Sigue sin entender. De su nuca aparece un brazo moteado. Es del alemán con vitíligo. 
—Yo tampoco entiende [sic].
—En otras palabras, la castración propicia el derrumbe simbólico del Imperio Fálico.
—Eh... qué significa... ¿pálico?
—No, no pálico, "fálico". Relativo a la masculinidad. La castración simboliza justamente un posible, quizás inminente final de la falocracia, es decir, el régimen de la masculinidad.
El catedrático mira el reloj con la esperanza de que la clase haya acabado. No, quedan cuarenta minutos. Piensa. La alumna descruza las piernas y vuelve a cruzarlas en orden y sentido opuesto. Por un brevísimo segundo ha visto su entrepierna de algodón blanco. La preocupación y el erotismo se igualan en una semi-erección que ignora. La alumna lo mira fijamente. Es tan, tan fea, piensa. Y tan poderosa. «Lo fálico rige toda la novela de Balzac...» dice, pero no está seguro de si es así. No recuerda nada de Sarrasine. La alumna de la primera fila levanta las cejas y abre los ojos grandes. «Es peligrosa. Sabe de su poder. Se ha dado cuenta» piensa el profesor. La alumna descruza las piernas y vuelve a cruzarlas lenta, muy lentamente, y el inefable blanco vuelve a aparecer y ahora dura más, y puede adivinarse en los juegos de luz y sombra el relieve imposible de labios carnosos. La alumna sonríe. «¿La castración, es decir la caída de lo fálico, es el fin de lo masculino?», pregunta, asintiendo como si hubiese comprendido.
—¡Exactamente! Muy bien, continuemos.

3

De a poco el profesor reanuda su clase y regresas paulatinamente al modo automático. Su pensamiento ahora se dirige al análisis de la alumna de la primera fila. Sus senos, piensa, no son tan grandes, pero es hermosa. Su voz, sus muslos fuertes, suaves. Intenta recuperar el erotismo perdido pero hay algo que interrumpe la fantasía. Pasea la mirada por el alumnado y cuando vuelve ve con incredulidad que la alumna le guiña un ojo. Está resumiendo la tesis central de La cámara lúcida. Tose y consigue no perder el hilo. La alumna vuelve a descruzar y cruzar sus piernas con una lentitud deseada y temida. Detecta una complicidad e imagina un coito en su despacho. El blanco de la entrepierna aparece una vez más y ahora sí hay tiempo de detenerse en su misterio, de observarlo todo, saboreo óptico de lo prohibido al tacto. La luz de los fluorescentes ilumina la entrepierna de la alumna. Y en los juegos de luz y sombra ahora ve –no adivina, no, ve– el relieve imposible de una protuberancia, de un bulto sobresaliente, incoherente, destructor. Las piernas vuelven a cruzarse pero ya no importa. El tiempo ha sido más que suficiente para grabar en su memoria, en su retina, en todo su ser la silueta apretada de un pene circuncidado, replegado sobre sí mismo y hacia la derecha, de unos testículos asimétricos «Yo no entiende [sic] el ante... ¿el anterior?» dice de pronto el alemán de intercambio, pero el catedrático no tiene voz, ya no tiene voz. Atónito menos por la incomprensión que por la intuición de un rompecabezas en donde todo tiene sentido, en donde todo encaja de alguna manera, de un orden superior completo y ordenable a través de las palabras. En algún lugar hay un relato donde todo esto tiene sentido, se dice. El erotismo, el vitíligo, lo fálico, Sarrasine, Barthes, La cámara lúcida, S/Z, la alumna travestida, su voz grave, su pañuelo en el cuello, Balzac, el alemán que conjuga mal... todo bajo la luz de un fluorescente que contrasta cada borde y sombra y duda y certeza y «cómo pude decir eso de que la castración significa el derrumbe... ¿cómo era?, ¿el derrumbe del Imperio Fálico? ¿Qué pasa? ¿Por qué digo eso, hago eso, soy eso...? ¿Barthes? ¿Qué?...» El catedrático ha perdido la capacidad de pensar en palabras. Se suceden en su mente imágenes inconexas de muslos, labios, testículos y cabellos y al mismo tiempo ve con abrumadora profundidad la piel cada vez más homogénea del alumno alemán con vitíligo, todo igualándose lentamente en un mismo blanco total.

El catedrático se desmaya.

4 Comentarios:

E.C. dijo...

Formidable relato, y escribo "formidable" porque es un adjetivo que no me imagino diciéndolo.
Por otro lado, es casi inverosímil que justo hoy me haya acordado de una chica que iba a mi colegio y el vitíligo le afectaba gran parte de la cara; encima era muy morocha. Yo, en secreto, le decía "Cindor".

Siga sorprendiendo, Varela.
Un abrazo.

Luc Varela dijo...

¡Muchas gracias E.C! Lo de Cindor me sorprendió más que cualquier sorpresa que haya sido el relato para usted.

Tamarillo3 dijo...

Esos ataques sexuales en circunstancias erróneas... me ha gustado mucho, esta entrada en concreto, el blog en general. Gran descubrimiento! no tengo pudor en reconocer que ha ocupado alguna aburridísima clase de la universidad, haciendo ver que tomaba apuntes. Ahora me voy a mi rincón a llorar por mi pobre escritura. Un dia lo comento más concretamente, o quizás en nuestro próximo e indeterminado encuentro.

Laura.

Anónimo dijo...

Claramente...me enamoré de Usted...

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