Desafortunado portador de un pito corto, o Visita al plano donde se flota.

lunes, 19 de marzo de 2012 |

1
Y ocurrió que buscando una corbata encontré unos cuernos, metafóricamente hablando, los cuernos, y literal la corbata, es decir que cuando abrí el placard para buscar una corbata y volver a la oficina sin que notaran que me la había meado (siga leyendo) encontré acurrucado entre los abrigos y las toallas a Don Armando. Completamente en bolas, Don Armando, todo peludo y con cara de yo no fui. Tremendo hijo de puta, Don Armando.
Y ocurrió que en lugar de reaccionar instantáneamente, para mí que tuve un pequeño, casi imperceptible preinfarto, digamos que si mi frecuencia cardíaca normal es de 80 pulsaciones por minuto, en ese minuto en que me encontré a Don Armando en posición fetal y medio tapado con mi sobretodo de invierno, en ese minuto fueron 79 pulsaciones en lugar de 80, incidente cuya consecuencia inmediata fue la pérdida de control de la salivación y de la motricidad y el quedarme quieto mirando el cuero cabelludo calvo y cubierto de una fina capa de sudor postcoital de Don Armando y preguntándome mentalmente por qué estaría tan transpirado todo y la cama tan deshecha y respondiéndome que cómo me voy a preguntar eso, evidentemente está transpirado de tanto meterle el pito a mi mujer, así con esas palabras lo pensé y por eso lo transcribo así, perdone el lector sensible la crudeza de mi soliloquio, y seguí pensando después más cosas pero  sin reaccionar, al menos no físicamente, es decir que seguía goteando entre los labios y seguía con los brazos estirados rozando la corbata que había elegido y me acuerdo que cuando volví en mí no volví en mí completamente porque en lugar de exigir una explicación por parte de mi mujer o de D.A. lo que hice fue agarrar la corbata, sacarme la que estaba meada (siga leyendo) e irme de nuevo a la oficina. 
De camino al trabajo me pasé tres semáforos en rojo, siendo la esquina del tercero el lugar de mi deceso oficial, calculemos unos dos segundos después de que me chocó el camión.

2
Una vez trascendido a este plano en que floto y puedo ver varias cosas al mismo tiempo –no es omnipresencia porque no puedo ver TODO pero tampoco es uni o monopresencia porque puedo estar en más de un lugar a la vez– veo que en la oficina preguntan por mí y llaman a mi casa y al mismo tiempo oigo el teléfono sonar en casa y veo que los dos culpables indirectos de mi muerte (que todavía no saben que estoy muerto) parecen haber decidido que lo imputable es la naturaleza del crimen, no las veces que se cometió. Contento con su razonamiento, Don Armando se dedica –con la cara roja y una expresión de defecación en proceso– a aplicar sobre las nalgas de mi mujer repetidos spankings (en este plano en que floto yo sé lo que es un spanking), le pega con las palmas de sus manos de panadero adúltero y le grita cosas que no voy a reproducir pero que son cosas que qué iba a saber yo que le gustan oír a mi mujer, qué iba a saber que a mi mujer le gusta que le den palmadas en el trasero o que disfruta cuando, como hace ahora Don Armando, le metan el dedo en el ano mientras la fornica vaginalmente, perdón al lector sensible por las crudezas pero en este plano se puede hablar así sin tener que disculparse.
En la oficina han postergado la búsqueda de mi persona porque tienen que reorganizar las tareas del día para que mi ausencia no signifique ningún atraso importante.

3
Mi mujer ahora prepara café y le dice a D.A. que hoy es la última vez, que va a intentar conseguir mi perdón de alguna manera, compensarme con algún regalo, que va a tratar de empezar de nuevo, que todavía me quiere mucho, que sigo siendo el hombre de su vida, que ni siquiera sabe por qué me fue infiel, y D.A. le dice que sí sabe [mi mujer] por qué me fue infiel: me fue infiel porque yo era un pito corto y un reprimido y quizás hasta maricón y por eso [mi mujer] se tuvo que buscar un hombre de verdad, renovadas disculpas al lector sensible pero así lo dijo Don Armando y así lo vi yo desde este plano donde no existe la vergüenza. Mi mujer llora y le pide a D.A. que se vaya.

El tipo del camión que me chocó en la esquina de mi deceso oficial se desangra. Lo está ayudando gente que pasaba por ahí pero la ambulancia todavía no llegó, no llega porque en el Hospital hay huelga y la única ambulancia activa está ahora mismo a unos tres kilómetros del lugar de mi deceso oficial y aunque ya le avisaron, el conductor de la ambulancia está llevando a un asmático a Urgencias y recién entonces podrá ir al lugar de mi deceso oficial, donde el tipo del camión se sigue desangrando y donde una estudiante de medicina acaba de decirle a la multitud que observa todo que yo estoy muerto, que no tengo pulso, y entonces una señora se saca el abrigo de lana y me tapa la cara con él, y es raro ver cómo alguien me tapa la cara, pienso yo trascendido desde este plano en que floto.

En este plano en que  floto y puedo estar en varios lugares simultáneamente no existen las distancias, ahí está el secreto, no es que me divido yo, es que se unifica el espacio, digamos, es como recortar de un libro dos páginas mutuamente lejanas y ponerlas una al lado de la otra y entonces se pueden ver ambas a la vez. Algo así. Yo veo la oficina, la esquina de mi muerte, la panadería, mi casa, la ambulancia que traslada al asmático y el baño donde me meé la corbata (a continuación se explica cómo).
La corbata me la meé porque –como bien señaló Don Armando– soy el desafortunado portador de un pito corto, de un maní quemado, de un meñique entre las piernas. Veo, en el plano donde floto, que el redactor del email que aconseja atarse una corbata en el pene y atar el otro extremo (de la corbata) a un picaporte y luego patear la puerta para que en el tirón el miembro viril se alargue, veo que el redactor de ese  email, digo, es un tremendo hijo de puta que se dedica a engendrar cadenas de email que aconsejan este tipo de cosas. Yo estaba por patear la puerta de uno de los compartimentos del baño de la oficina cuando mi cuerpo, mi pene, comprendió lo que estaba por hacer y se defendió de la única manera posible, con la única arma que está en su poder: el pis, y largó un chorro que no pude detener y que duró lo que duró mi vejiga en vaciarse, que no fue poco, y entonces me tuve que ir a casa a buscar una corbata y entrar cuando no se me esperaba y encontrarme, mientras mi mujer gritaba –ahora que lo repaso me viene a la cabeza– «NO MI AMOR NO ABRAS ESA PUERTA AHÍ NO ESTAN LAS CORBATAS AMOR NO NO ABRAS NOOOOOOOO», encontrarme a D.A. en posición fetal, en bolas, cuero cabelludo transpirado, preinfarto, etcétera.

4
El asmático muere mientras yo veo cómo trasciende y flota. Las películas que muestran una versión transparente del fallecido separarse del cuerpo y flotar sobre él no se equivocan tanto. El alma, sin embargo, no es una versión translúcida de lo que éramos en vida. Es más bien como un fideo, un tallarín largo y brillante que flota y se estira y simplemente está, no va a ningún lado, solamente está, flota, ni siquiera es, no, sino que está. Muy raro.
Veo el hilito naranja flotar sobre el asmático mientras los doctores le golpean el pecho y le bombean oxígeno y escuchan con frustración el pitido uniforme del electrocardiograma plano. Por radio el conductor avisa al hospital que el asmático murió y del hospital le dicen que dé la vuelta y vaya a la esquina de mi deceso oficial, donde el camionero está verdaderamente entre la vida y la muerte. Le han cortado la ropa con tijeras y puedo ver cómo del ombligo le asoma la punta del hilito naranja y brillante (el alma) como un gusano indeciso de salir al sol, asoma y vuelve dentro, asoma y vuelve dentro, sincronizando su danza con la respiración boca a boca que le da al camionero la estudiante de medicina que certificó mi muerte.

En casa, Don Armando se viste e intenta darle un beso en los labios a mi mujer, que lo esquiva y le entrega la frente. D.A. se va sin decir nada. Sola, mi mujer llora.

El oficial García Peredo llega a la esquina de mi deceso oficial. Lo primero que pregunta es dónde está la ambulancia, y cuando la señora que me tapó la cara le dice que todavía no llegó, el tipo sobreactúa una frustración similar a la de los policías de las películas cuando les dicen que la ambulancia no llegó o que se perdieron evidencias de algún caso importante, y sólo falta que el oficial García Peredo sacuda el puño al  cielo y grite «maldita sea» o «con un demonio».
Acto seguido, el oficial G.P. me revisa los bolsillos y llama al contacto en caso de emergencias que figura en un cartoncito que la billetera traía para rellenar.

En casa suena el teléfono y antes de atenderlo mi mujer se seca las lágrimas y se aclara la garganta. Hola, dice, y se queda callada escuchando lo que le dice el oficial García Peredo. Mi mujer cuelga antes de que el G.P. le haya dicho las calles cuya intersección forman la esquina de mi deceso oficial, pero no es tan importante porque mi mujer, tras colgar, se desmaya.

5
La ambulancia llega a la esquina de mi deceso oficial mientras el hilito del asmático me saluda con una leve flexión de uno de sus extremos y observa conmigo los primeros auxilios al camionero. La estudiante de medicina mira con interés, comparando la técnica de los profesionales con la suya propia. El hilito vuelve a meterse por el ombligo del tipo del camión y ya no sale. El asmático y yo nos miramos con alegría [alegría es algo muy humano; las emociones, en el plano donde flotamos, son variaciones cromáticas y de brillo, y sólo se miden en grados de alegría, es decir, no existe el dolor en ninguna de sus formas, y por tanto no se está en paz, simplemente se está] porque en cierta manera ambas muertes, la suya y la mía, están conectadas con este señor. Gracias a que murió el asmático, el tipo del camión se salva, y es por mi culpa que está ahora mismo luchando.

Mi mujer continua desmayada. Suena el teléfono y la señal que anuncia el comienzo de la grabación y mi jefe deja un mensaje que dice que la situación Frondelli está que arde y si no aparezco ya mismo que ni me moleste en ir el lunes [estamos a día viernes] y cuelga.

Tras estabilizar al tipo del camión, los médicos se acercan a mi cadáver y se preparan para alzarlo y ponerlo en una camilla. Sin embargo, el conductor nota un leve movimiento en el abrigo de lana que me cubre la cara. Lo señala para que los otros miren. Otro médico levanta el abrigo y pone el reverso de la mano contra mi boca, sin tocarla, y grita ¡TENEMOS A UNO VIVO, AQUÍ!, lo cual desconcierta a la mayor parte de la multitud que observa porque a) no hace falta gritar y b) «tenemos a uno vivo» suena bastante a lo que se grita en las películas, pero en fin, se apresuran a bombearme oxígeno, masajearme el pecho y acercar el desfibrilador portátil, desnudarme el tórax, poner ese gel conductor y entonces el tipo que gritó antes ahora grita ¡CLARO! antes de descargar electricidad en mi cuerpo. Ahora sí es evidente que el tipo grita traducciones de lo que ve en las series o pelíctulas [Clear!]. La primera descarga me provoca cosquillas, lo cual es raro porque los hilitos de este plano donde flotamos no podemos sentir cosquillas, y cuando  en el plano donde morí el médico que sobreactúa grita otra vez ¡CLARO! de nuevo y otra vez el desfibrilador en mi pecho, las cosquillas ahora me hacen saltar, y el asmático se tiñe de un amarillo sorpresa y observa todo de manera atónita, y me duele la rodilla y el codo, y ¡CLARO! veo la cara del médico desde otro ángulo, la veo de frente sobre mí, y ahora puedo toser y me siento y veo al camionero inconsciente abandonar la escena en la parte trasera de una segunda ambulancia que no vi llegar, y el médico me dice «Buen muchacho, buen muchacho. Todo va a salir bien» y yo extraño un poco la instantaneidad de la multipresencia pero al menos sé que tengo una mujer infiel y desmayada en casa, un jefe al que rogarle que me reincorpore –el accidente es una gran excusa, no veo problemas por ese lado— y la necesidad inevitable de buscarme una nueva panadería.


2 Comentarios:

Pancho dijo...

Siempre hay alguien que estropea una muerte perfectamente conveniente.
Claro!

Fantástico relato, gracias!

Luc Varela dijo...

No lo había visto por ese lado Pancho, pero es cierto. Le venía mejor al tipo seguir en su estado fideístico que volver al quilombo que lo esperaba...

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