Llevar a una mujer a la inconsciencia a través de un golpe pendular de mis testículos en su rostro.

viernes, 3 de febrero de 2012 |

Mi sueño en esta vida fue siempre, desde chico, llevar a una mujer a la inconsciencia a través de un golpe pendular de mis testículos en su rostro. Es decir, balancear las caderas para inferir en el escroto un movimiento pendular y, en su punto álgido, descargar todo el saco sobre la cara de la víctima, provocándole un Knock Out
Está claro que el sueño no deja de ser algo controvertido. Soy una persona educada y elegante, no vaya a pensar otra cosa, pero soy también un alma abierta a todo tipo de experiencias y carente de todo tipo de prejuicios. Mi moral se encuentra en excelente estado y mis antecedentes penales son iguales a cero. Mi sueño no es someter a una mujer a una violencia genital no consentida. No creo que sea algo machista, tampoco.No hay un deseo de esclavizar, dominar o castigar. Mi sueño –ahora ya cumplido, debo agregar– fue siempre conseguir una compañera cuya magna quimera fuera complementaria de la mía, es decir, encontrar a alguien que soñara ser golpeada por un saco escrotal hasta desmayarse.
He dicho que éste fue mi sueño desde niño. Esto no debe pasar inadvertido: no hay nada sexual en mi aspiración. Mucho antes de interesarme por mi cuerpo y por la búsqueda de oportunidades de acoplarlo a otros cuerpos, mucho antes de anhelar los pezones y cubrir, avergonzado, erecciones involuntarias, mucho antes de sentir atracción por las chicas de mi escuela y encontrar excitante su olor a shampoo en el pelo, mucho antes de todo eso ya tenía yo, como meta primordial de mi vida, noquear a una mujer con un movimiento pendular de testículos.
Saber con tanta certeza lo que uno quiere, lo que uno ha venido a hacer al mundo, no es tan bueno como podría pensarse en un primer momento. No es un deseo poco común el querer compartir con otros las metas que uno se propone, para pedir opiniones, consejos o simplemente para proyectar sobre un ser estimado la inmensa pasión que despierta en uno haber encontrado eso que uno quiere. En mi caso, las pocas veces que me atreví a confesarle a un amigo cuál era la verdadera forma de la felicidad para mí, recibí solamente las peores burlas, carcajadas de ojos lagrimosos y palmadas en los muslos, codos de un amigo a otro para expresar el mutuo acuerdo sobre lo ridículo de mi ambición. Y era peor si se lo tomaban en serio: recomendaciones de psicólogos y psiquiatras, palmadas en los hombros mientras se me instaba a masturbarme más seguido o contratar los servicios de una prostituta, solución que rechazo de raíz por no haber en este tipo de acuerdo un consentimiento particular hacia mi propuesta: la prostituta que acepte mi golpe escrotal aceptará virtualmente cualquier cosa, y por tanto no hay una experiencia compartida y deseada simétricamente por ambas partes. A veces mi confesión significaba el fin de una amistad.

Ahora que he cumplido mi sueño entiendo la tristeza inherente a todo éxito. La meta le dio siempre sabor a mi vida. Imaginar el delicioso momento de contar regresivamente la decena reglamentaria y ver que los diez segundos no han sido suficientes para que mi amado contrincante se recupere del golpazo genital, imaginar ese instante era la sístole de mis ganas de vivir, y ahora que la vaga copartícipe imaginada cobra solidez y tiene un nombre y un cuerpo, tiene un olor y una piel, tiene un volcan de pelo sobre la almohada, ahora que tiene una nariz entre todas las imaginadas y encima sangra sobre la sábana blanca, ahora que la adrenalina baja y la sangre pierde ebullición, ahora es que me pregunto: ¿y ahora?.
Alicia duerme, si puede llamarse sueño a la inconsciencia inducida. La sangre coagulada le cubre el labio superior y una finísima burbuja rosácea se hincha y desincha al ritmo de su respiración regular. Es hermosa. Su sonrisa y su tácita aceptación de mi sueño, un entendimiento tan profundo, tan poco verbalizable. Un esquema dibujado sobre el mantel de la mesa, en la primera cita, bastó para convencerla. No, para convencerla no, para contar con ella.
—Dale, lo hacemos –me dijo. Cuando vio mi cara de estupefacción, mi boca abierta y el tenedor lleno de fideos temblando en el aire, se rió con fuerza y agregó—: claro, tonto, lo hacemos. Si es lo que te gusta, lo hacemos. Qué importa.
Era la primera cita, qué iba a saber yo que hablaba en serio. En las primeras citas uno siempre desea aparentar una temeridad que nunca es real.
La cena fue larga. La sobremesa puso tres botellas entre nosotros, y después algunos tragos en el bar del lado. Nos besamos. La iniciativa fue mutua, quiero creer, o de ella pero por un microsegundo. Nos besamos con ansiedad, todavía las bocas no del todo compatibles, olvidándose de a poco las rutinas de bocas pasadas, las mordidas suaves, la saliva sabor a tabaco y vino. Pausa breve para pagar, y besos en el taxi hasta mi casa. 
Me atrevo a decir que hicimos el amor. Que no fue una cogida y nada más. Hubo algo, los dos lo sentimos. La primera vez fue algo corta… mi abstinencia aguantó cinco, seis minutos. La ayudé a acabar con la lengua, con los dedos, con todo junto. Creo que no fingió el orgasmo, o lo fingió muy bien. Todavía le temblaban las piernas varios segundos después del grito.
La segunda vez fue mejor. No solamente más larga, sino más íntima, con menos ansiedad por ver el cuerpo desnudo, aprender los lunares, las cicatrices, el color. Nos miramos a los ojos casi todo el tiempo, y hubo algo. Sin buscarlo, acabamos juntos.
Mientras tiraba el preservativo en el inodoro, me gritó desde la cama:
—¡¿Querés hacerlo ahora?!
—¿Hacer qué?
—¡Desmayarme! —volví a la habitación y la miré—. Con los huevos. ¿Querés ahora?
—¿Ahora hoy?
—Ahora hoy.
—¿Ahora ya ya?
—Si te dije que sí, antes, en la cena.
—Pero no quiero… a ver, yo busco a alguien que quiera hacerlo. Que comparta esta idea, o este sueño, no sé cómo llamarlo...
—¡Pero si yo lo comparto! O sea, no es que me pasé la vida buscando a alguien que me pegue con el pito en la cara...
—Los huevos.
—Los huevos, bueno, es lo mismo. No es que a cada novio que tuve le pedí siempre que me cague a huevazos. No, no te voy a mentir. No lo hice nunca. No lo pensé nunca. Pero me gustás mucho y me encantás en la cama y lo quiero hacer.
—No hace falta que te sacrifiques…
—Pero qué tonto que sos. ¡¿Quién se está sacrificando?! No me sacrificaría por vos. Me gustás, pero no sos el lucero de mis ojos. Todavía no, por lo menos. No me estoy sacrificando. Si me querés desmayar, desmayame, te lo ofrezco. Tengo ganas, curiosidad. Tenés unos huevos re lindos, además. Todo depiladitos, no pinchan, jaja. Si te lo ofrezco, es porque quiero. Punto. Elegí.
Nos pusimos de acuerdo en algunas normas básicas: nada de pegar con otra cosa que no sean los testículos, solamente pegar en la cara y lo más importante: un máximo de diez oportunidades. Si en el décimo golpe ella no se desmayaba, dábamos el asunto por terminado «y a otra cosa, a coger como humanos y se acabó». Se me burlaba, pero me encantaba. No era la burla de mis amigos, no había juicio. 
Nos pusimos en posición, yo de pie sobre la cama, ella arrodillada y con la cara hacia arriba.

La octava fue la vencida. Ayudó que estuviera débil, supongo. Todo el vino y los dos polvos y eso. Las primeras veces acabaron en risas. Risas fuertes, carcajadas, de los dos. En la cuarta arremetida fingió el desmayo. Cuando mi cuenta regresiva iba por 2 no aguantó más y estalló la risa, de nuevo. Por eso desconfié en la octava, pero cuando vi la sangre se pasó. Es difícil fingir una hemorragia. 
Alicia duerme. Ahora duerme, lo sé. Se mueve un poco y hace un momento murmuró unas palabras que no entendí.
Y yo me pregunto ahora qué. En mi cama hay una mujer que no conozco y, peor aún, en esta silla, escribiendo estas palabras, hay un hombre que no conozco. Somos dos extraños en la casa de alguien que ya no existe, que murió en el mismo Knock Out que desmayó a Alicia. Pronto va a amanecer. ¿Preparo el desayuno? ¿Tomará café? ¿Té? ¿Mate? No tengo idea de qué hacer, qué decirle. Tengo miedo. Creo que la quiero, que me gusta. Me gustaría creer que se va a levantar y vamos a bromear, salir a pasear juntos, conocernos más, empezar. Pero, ¿y si no? ¿Y si no le gusto más? ¿Cómo va a reaccionar cuando vea la sangre? Por ahí pensó que era imposible que alguien te desmaye golpeándote con los huevos, y en esa suposición se basó su aceptación. Y ahora sobria, con media cara ensangrentada y en casa de un extraño, un loco...
Alicia se mueve. Levanta la cabeza. Abre un ojo y mira alrededor, desconcertada, hasta que me ve. Sonríe.
—Con sangre y todo. ¡Un profesional! —Se ríe y bosteza—. ¿Tenés café o también lo noqueaste?



6 Comentarios:

E.C. dijo...

Nunca pensé que encontraría tanta poesía en un relato cuyo argumento es el deseo de noquear a alguien con las bolas. Excelente, Lucas.

Luc Varela dijo...

Muchas gracias, E.C., un abrazo.

Juan dijo...

¡gran relato!
me hace acordar a un viejo tema de ACDC:

http://www.youtube.com/watch?v=VjkJfMrQ4bc

=)

Luc Varela dijo...

Everybody says I've got GREAT BALLS OF FIRE!! Jajaja buenísimo, muchas gracias!

Pancho dijo...

Imponente.
Sos un mostro. No nos conocemos. En realidad, recién hoy llego hasta tu paraguas, gracias El Origen del Pogo, magno artículo al que llegué buscando el origen de "Salten Putos!".

Como sea, media impertinente esta chica Alicia. Mirá si vas a andar dándole con las bolas al tarro del café. No da...

Luc Varela dijo...

Muchas gracias Pancho, y me alegro de que haya conocido a Günter. Un abrazo.

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