Traicionera sinestesia.

jueves, 5 de enero de 2012 |

a Luis Alberto.

El golpe bajo pasa inadvertido por el público, que aplaude, pero Luis ahora llora, entre la multitud de ojos húmedos que aplaude la maestría de un movimiento que califican casi automáticamente como sutil y profundo, para nada golpe bajo, se dicen los pocos que llegan a verbalizar el pensamiento, y Luis llora y baja la cabeza entre dos viejas que sonríen extasiadas por la maestría de esos dedos que vuelan hacia el final del movimiento que destroza el estómago de Luis, le mezcla todos los órganos, le anuda los intestinos y le acelera el corazón, el movimiento del pianista le trajo al petiso a la cabeza, traicionera sinestesia, tres notas rápidas le dibujaron los rulitos, otras más fueron su nariz y los redonditos, diminutos pómulos que le achicaban los ojos cuando el petiso rió sus primeras risas, las únicas de los pulmoncitos que un día fallaron y se quedaron quietos, el pechito inmóvil enfriándose bajo la lana inútil. Luis se seca los ojos y mira a una de las viejas, luego a la otra. Confirma que ninguna ha descubierto su llanto, la curva de su espalda que salta con los espasmos de una tos que sofoca mordiendo el puño, mano cerrada, mano inversa a los dedos-colibrí del pianista aplaudido, famoso por la emoción de sus interpretaciones, por la evocación de sus composiciones, por la sutileza, ese adjetivo imbécil, piensa Luis, para nada sutil, piensa Luis, y las piernitas rechonchas del petiso corresponden a la perfección con las notas apiladas sobre el piano y ubicuas a la vez, flotando en todas las gradas del teatro repleto, las piernitas de suela lisa y rodillas sucias, raspadas, piernas de gateo, de temblor endeble, piernas sometidas siempre a la habilidad de dos manitos de agarrarse de las paredes, del sofá, de la otra piernita delgada que era la lámpara de la sala, vení petiso, le decíamos, vení dale, y los ojitos chiquitos de la risa miraban ansiosos por llegar, las manitos se apoyaban en la cerámica fría y avanzaba el petiso hacia Luis, y ahora la tos deviene arcada y Luis se seca el rostro y los labios con un pañuelo, se endereza sobre la silla para respirar hondo pero no ha previsto la nueva avalancha de notas, el movimiento todavía no termina, vienen ahora las zapatillitas que mandó la abuela, dos números más grandes, bailando en los piecitos que no alcanzan a llenarlas, el mameluco siempre sucio, el baberito, los primeros sólidos en una cuchara que es avión, un avión que se estrella en mejillas sucias de puré de manzana, y ahora sí el final, el desdibujado pianista lo anuncia en su cuerpo ahora de pie, abalanzado sobre el piano, todo borroso, fuera de sus límites por las lágrimas de Luis, como una tormenta de Turner o como uno de esos libritos que el petiso nunca coloreó y que Luis, lleno de whisky, rellenó daltónico, un árbol azul, furioso, su copa saliéndose en rallones de crayón que no respetan la silueta impresa, una nube verde, puntiaguda, lloviendo rayitas rojas sobre una chimenea que humea huecos en el papel, el crayón que apuñala la hoja hasta quebrarse en la mano borracha, y el pianista termina con una docena de notas lentas, entre un silencio como el del doctor cuando se encogió de hombros y le señaló con la mano la camita de hospital, el petiso nada más que un bulto bajo las sábanas que lo cubrían hasta las cejas, su naricita apagada sin mover la tela, sus rulitos asomando al final de la manta insuficiente, las viejas de pie aplauden el concierto acabado, las luces del teatro encendidas, encandilando a Luis que disimula el llanto, el pianista se inclina sobre el público y se va por un costado, el telon se cierra como un ojo acostado, hay que irse, piensa Luis sonándose con el pañuelo, el petiso todavía nítido en sus retinas, se pone el abrigo y sale a empujones, hay que irse, hay que irse.


2 Comentarios:

David del Bass dijo...

Me ha gustado mucho este artículo, un saludo!

Luc Varela dijo...

¿Artículo? Disculpe pero esto huele a premio 20 blogs... en fin.

Comentar desde Facebook

Comentar desde Blogger