La Gorda Kafkiana.

martes, 13 de diciembre de 2011 |

Súbita materialización de mujer obesa en el jardín de mi casa oblígame a abandonar mi comodidad cuasi intrauterina junto al hogar encendido y en compañía de la siempre deliciosa prosa proustiana para tomar medidas urgentes relativas al desalojo de la dama con sobrepeso.
—Discúlpeme —le digo a la mujer obesa por la ventana—. ¿Necesita algo?
—No. Estoy perfectamente bien —responde la mujer obesa observando el cielo.
Decido salir a dialogar con la abultada señora pero no antes de memorizar la página proustiana en que mi lectura se ha visto interrumpida por la súbita materialización de este voluminoso inconveniente.
Sobre el verde y cuidado césped de mi jardín se yergue la Gorda Kafkiana, bautismo literario que se produce de manera inconsciente en mi mente pero que obviamente cuido de hacer público. La Gorda Kafkiana silba sin advertir mi presencia en el umbral. Me aclaro la garganta con un suave carraspeo que finalmente consigue llamar su atención.
—Buenos días de nuevo, caballero, veo que ha decidido salir a acompañarme.
—No, no deseo salir. Es simplemente que no logro explicarme su presencia en mi jardín y… quería ver si se puede ir.
—¿Molesto acaso?
—Bueno… no pero no consigo explicarme qué hace ahí.
—Miro el cielo. Y respiro el olor de sus adorables flores. Y estoy.
—¿Puede al menos decirme su nombre?
—Puedo, pero no lo deseo.
Respóndeme la gorda con tal soltura y desenfado que mi rostro se transmuta en una expresión para nada disimulada de terror. 
—¿Sabe usted —consigo decir— que el jardín forma parte de la propiedad privada, y que si no cuenta con el permiso del dueño, o sea yo, no puede permanecer ahí?
La Gorda Kafkiana se engoge de hombros.
—Haga lo que tenga que hacer, caballero. 
—Llamaré a la policía.
—Muy bien.
—Podrían arrestarla.
—Quizás.
—O multarla.
—Posiblemente.

Regreso al  interior ahora frío y a oscuras de mi casa. El hogar apagado, el libro vacío y la página olvidada. ¿314? ¿214?. Maldita, maldita Gorda Kafkiana. Ha complicado una mañana dominical que prometía todas las delicias del ocio despreocupado y la evasión completa que sólo ofrece el viaje al interior de otra persona. Escucho el silbido opaco de la  mujer obesa. Obsérvola tras las cortinas, veo como huele una flor, agachándose, sin cortarla, acercándola a su nariz con dedos fofos pero amables, suaves, tacto casi telepático. La gorda se gira para oler otra flor y toda la escena se oculta detrás de un gigantesco short rosa de tela de jean que no alcanza a cubrir completamente el callejón entre sus nalgas, y una porción del valle asoma por encima de la cintura del pantalón como una gigantesca alcancía de gongs.
Descuelgo el teléfono pero no me decido a marcar el número de la policía. El sentido común me indica que ignorar a la gorda es la medida cautelar más apropiada: una vez que el jardín deje de ofrecer novedades a la intrusa, ésta se irá a invadir otras flores y otros umbrales.
Ha pasado ya el mediodía. Mis nervios demandan el calor breve de un té, reavivar el hogar, ignorar a la gorda. Improviso tapones para mis oídos con bolitas de algodón y reanudo la lectura. Un Earl Grey evapora su delicioso olor. Aunque no lo escucho, mi desarrollada sinestesia me permite ver el sonido crujiente de la leña rendida al fuego. 
Ay, sin embargo, no consigo concentrarme. No me resigno a aceptar la perfección falsa de la negación. La gorda está en mi jardín y el conocimiento de su vasta presencia aplastando el césped y robando el aroma floral me impide la lectura, como si la grasa corporal de la invasora bloqueara la sinapsis de mis neuronas. Maldita, maldita gorda, suspiro.
Regreso a la ventana. La Gorda Kafkiana está ahora en posesión de una silla plegable que, heróica, soporta su peso, sus cuatro patas de madera clavadas como estacas en la tierra. De piernas cruzadas, la gorda lee el periódico del día bloqueando el sol con una mano que parece un muestrario de salchichas.
—¿Todo bien por aquí? —le pregunto de pie en el umbral.
—Perfectamente, aunque no tan bien en el mundo —agrega, sonriendo, y sacude el diario.
Me pongo serio.
—He llamado a la policía. No tardarán en venir —miento.
—Aquí estaré, no tengo ningún apuro.
—Por favor, señora ¿Cómo me dijo que era su nombre?
—No le dije. Pero Gorda Kafkiana está bien, por ahora. No me ofendo. Todo lo contrario, lo encuentro halagador.
—¿Cómo sabe?
—Si no le importa, prefiero continuar informándome —Señala el periódico.

Cierro de un portazo y llamo a la policía. Resúltame inesperadamente difíil explicar cuál es el problema.
—Hay una mujer obesa en mi jardín, y no quiere irse.
—Su naturaleza obesa —responde un oficial del otro lado, —no parece ser relevante. Si fuera delgada, ¿nos lamaría lo mismo?
—Por supuesto. Pero también llamaría si fuera un hombre, y si digo mujer es para que sepan identificarla, y al  decir obesa doy un dato que directamente elimina cualquier margen de error. La mujer es literalmente gigantesca.
—"Literalmente" significaría que hay en su jardín un gigante, es decir, un ser superior a los tres o cuatro metros de altura.
—Muy bien. Me expresé mal. Por favor envíen a alguien. La mujer no quiere irse.
Espero la asistencia policial fumando nerviosamente. Escucho una sirena que se acerca y se apaga frente a mi casa. Descienden del vehículo dos uniformados. Salgo al jardín.
—Buenos días. ¿Usted llamó?
—No —responde la Gorda Kafkiana.
—Llamé yo, oficial. ¿No les informaron que el problema es justamente una mujer obesa que se niega abandonar mi jardín?
—No.
—¿Cuál es su nombre, señorita?
—Milena Kafka —responde, y me guiña un ojo maliciosamente.
—Y vive usted aquí.
—No exactamente.
—Dónde vive.
—Lejos de aquí, pero estoy tan cansada, y quería descansar un rato. Por eso, digamos, "acampé" en el jardín de este amable caballero.
—¿Esa silla es suya?
—Sí, oficial, y el diario también —respondo yo.
—Usted cállese.
—Son míos —dice la gorda.
—Por favor, oficial. No quiero problemas. Esta mujer parece tener un desequilibrio mental. No quiero perjudicarla. Pero llévesela de mi jardín.
—Señortia, usted está incurriendo en invasión de propiedad privada, concretamente el jardín de este calvo caballero.
—Lo de calvo es irrelevante, ¿no?
—También era irrelevante lo de obesa, ¿no? —responde con ironía. —Señorita, suba al automóvil policial.
La gorda tira con fuerza de su silla hasta desclavarla y, plegada, se la pone bajo el hombro con el periódico enrollado. Me envía miradas de odio mientras se aleja hacia el vehículo.

Estoy por regresar al interior de mi otra vez fría casa cuando observo con horror que la maldita, maldita Gorda Kafkiana no entra en el patrullero. No entra. Ambos oficiales empujan con fuerza la masa nuboide pero no consiguen embutarla en el asiento trasero. La ayudan a sacar lo poco de ella que han logrado meter y me miran apologéticamente. Acto seguido se suben y se van. Alísase la gorda su blusa de proporciones navales y clava la silla en el jardín reutilizando los cuatro huecos anteriores.

Antes de ocultar su cara detrás del periódico, me dirige una última mirada maligna. Sonríe.


5 Comentarios:

Manuel dijo...

Grotesco relato Luc. Genuino. Me ha recordado a un encuentro que tuve en el sur de Francia hace muy poco. Realmente estos seres existen. ¡Qué gorda tan entrañable!

¡Un abrazo!

Manu (UB)

Manuel dijo...

Grotesco relato Luc. Genuino. Me ha recordado a un encuentro que tuve en el sur de Francia hace muy poco. Realmente estos seres existen. ¡Qué gorda tan entrañable!

¡Un abrazo!

Manu (UB)

Luc Varela dijo...

Gracias señor! Un abrazo grande y animos en época de examenes.

magui dijo...

Disfruté mucho el relato de la Gorda en el jardín

Luc Varela dijo...

Gracias Magui, me alegro que al menos alguien la disfrute. Yo la odio.

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