Cosas que pasan en el universo paralelo Roberto. Hoy: Inminente explosión definitiva de Iridiscente Tromp.

miércoles, 3 de marzo de 2010 |

Existe un universo paralelo al nuestro, y sus habitantes -de formas, tamaños y sentidos impensados- lo llaman Roberto.

Iridiscente Tromp y Menguante Pamm se encontraron en un punto no álgido de la galaxia Tsúk, en Roberto. Sus púlsares eran compatibles y ambos se entendieron sin mayor dificultad. A Pamm la orbitaba un cometa, y al notarlo Tromp tuvo la precaución de mantenerse a una distancia prudente.
—¿Qué lo trae por aquí, Iridiscente? —pulsó Menguante dándole a su luz el tono violeta de la curiosidad discreta.
—Mi explosión definitiva está cerca. Me dirijo a la Zona Despoblada para extinguirme sin dañar ningún sistema.
Parece tan joven, pensó Pamm, parece que nunca fuera a apagarse.
—¿Puedo preguntarle su nombre?.
—Puede, claro —pulsó Tromp. Al año, agregó: —soy un iridiscente de extinción prematura, y me llamo Tromp.
—Tiene usted unos tonos hermosos, y será una pena para nuestra galaxia perderlo.
—Es usted muy gentil... Me disculpo por no encontrarme de mejor humor. Esto de extinguirse me resulta muy difícil. —Tromp pulsó tres veces en amarillo, señal inequívoca de que prefería cambiar de tema, pero Meguante no le hizo caso, o quizás ni vio los tres latidos, y prosiguió:
—Es cierto que cuesta, señor Tromp. Una hermana enana que tuve hace unos milenios se extinguió prematuramente y yo estuve ahí hasta el final. Lo más triste fue que, en el sistema de cuerpos que la orbitaba, el tercer planeta tenía vida, usted sabe, y fue un golpe muy duro para ella cuando en los últimos momentos ya no le alcanzaba su radiación para calentarlo. Apenas si llegaba a calentar el primer cuerpo, mucho menos llegaría al tercero. Con horror contempló a los seres morirse de frío. Después mi hermana decidió desorbitar el planeta congelado, soltar la roca helada y muerta para que vague al azar, y cayó en una depresión terrible. Estuvo opaca hasta el final. Temblaba y deliraba, señor Tromp, temblaba y deliraba y finalmente se extinguió. Y yo lo vi todo, todo. Yo en ese momento tenía mi propio sistema, entonces no me podía mover mucho porque en el sexto planeta tenía agua y habían empezado a crecer microorganismos, entonces yo iba con cuidado de no provocar accidentes naturales. Pero mi hermana enana estaba apenas a dos brazos de galaxia de mí. Pude ver todo, hasta los mínimos detalles del apocalipsis de su tercer planeta, y fue espantoso. Las criaturitas se quedaban dormidas del frío, poco a poco, y después no se despertaban más. Uno se daba cuenta cuando pasaban del sueño a la muerte porque sus pequeñísimos pechos dejaban de hincharse. Los más duros aguantaron un tiempo más, abrigados con pieles y abrazados prácticamente al fuego, pero al final murieron todos y se extinguieron. Así que cuando le digo que lo entiendo, señor Tromp, créame que lo entiendo.
—Sí. Pero yo no soy enano, Menguante...
Pamm.
—Menguante Pamm. Yo soy supergigante, y soy demasiado joven para estallar.
—¿Ha tenido usted un sistema?.
—Sólo uno y fue todo de planetas rocosos y estériles, de atmósferas venenosas y vientos demasiado fuertes. Y aún así me gustaba, porque ya sabe lo que dicen ¿no?, eso de que es mejor un sistema propio que andar pulsando por el universo aburriéndose o destruyendo planetas abandonados.
Los latidos de Tromp cesaron en ese momento, y la estrella permaneció inmóvil en un melancólico tono rosado.
Pamm no supo qué decir. Extrañaba su sistema pero sabía que la vida es así, buscar planetas y lunas y luego perderlos, y encontrar otros que llegan de repente y se quedan obedientemente girando a nuestro alrededor, a veces evolucionando y formando atmósferas y con paciencia cambiando hasta que ocurre el chispazo y un día de golpe vemos diminutos seres peludos mutando y haciendo mitosis y creciendo y haciéndose complejos, inventando la rueda y la hélice y ganando los cielos y los mares y evolucionando más y más hasta escuchar los primeros sonidos, oler las primeras flores, gfokear las primeras nubes subcutáneas, y cuando nos queremos dar cuenta ya son octópodas de tres ojos que descubren el efecto Peltron de los hilos naranjas y saltan a otra galaxia; o son bolas inmateriales de energía pura que aprenden nuestro lenguaje y nos pulsan graciosas preguntas desde su planeta, creyéndonos sus dioses; o a veces son bípedos unicraneales de tipo violento, de moral débil y naturaleza competidora. Y en un parpadeo los octópodas se han ido, las bolas inmateriales se irritan e implosionan, los bípedos desaparecen en enormes hongos que dejan obsoleto el planeta. Era triste la vida en la galaxia, Pamm lo sabía, pero qué podía decirle a Tromp. Nada, no podía decirle nada. En pocos milenios Tromp se extinguiría y en este último tiempo que le quedaba sólo podría pulsar consigo mismo en la Zona Despoblada, esperando la explosión y deseando como consuelo final que tras su extinción sus residuos formaran una nebulosa colorida y armoniosa.
De modo que Pamm se limitó a emitir un único latido verdoso, para mostrar compasión.
Tromp sonrió en un verde más oscuro.
—Me retiro, no quiero hacerle perder más tiempo —pulsó.
—No me molesta, en serio.
—De todas formas debo irme. Tiene usted un hermoso cometa que no quiero estropearle. Además creo que prefiero apagarme solo.
—Bueno. Ojalá pudiera hacer algo. Mire, a mi próximo planeta le pondré de nombre Tromp... y quién sabe, quizás desarrolle vida.
Iridiscente Tromp pulsó en fucsia, indicando impaciencia.
—Adiós, Menguante Pamm. Y me lamento por lo ocurrido con su hermana.
—Gracias. Yo siento mucho que usted tenga que estallar. Cuando sea nebulosa pasaré a verle.
Tromp comenzaba a irse pero Pamm lo detuvo con brevísimos latidos rojos.
—Espere. Tome.
Menguante Pamm se le acercó lentamente, muy lentamente, y cuando su cometa comenzó a desviarse se echó hacia atrás de un salto, dejando al cometa en órbita alrededor de Tromp.
—Es para que se distraiga mientras espera.
Tromp titubeó entre dos colores pero se decidió por el violeta. El cumplido sonrojó a Pamm.
Iridiscente se fue en dirección opuesta al centro de la espiral, y Menguante Pamm lo siguió con la mirada hasta mucho después de que pasara los límites de la galaxia. Cuando no vio más que un punto entre cien mil puntos, la estrella siguió su camino buscando planetas.

·


6 Comentarios:

Jordi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
fag dijo...

sin duda a iridiscente le iría cojonudamente bien un afilador de cadenas.

[pulso tres veces el amarillo]

y no vuelvo a equivocarme de perfil o_^

Ryuchi dijo...

admiro la serenidad que poseen los grandes astros, para aceptar los hechos inevitables que a nosotros los humanos nos causan irazonable sorpresa..

Anónimo dijo...

Dios! como se te ocurren esas cosas culiau!
Cumplefeliz*
Un gran cariño...
__________________lagordaVicky!

Luly dijo...

qué hace usted? publicando bellesidades? fotos de lugares y no lugares?!

wingerr dijo...

Genial u_u.

Iridiscente Tromp. Gran Nombre.

Saludos.

Comentar desde Facebook

Comentar desde Blogger