He recibido quejas, sobre todo imaginarias, sobre la dificultad que tienen algunos lectores, también imaginarios, para comprender la cronología e interrelación de mis textos sobre mi terapeuta Rod Stewart.
Intentaré simplificarle las cosas:- Para saber quién es Rod Stewart, mi terapeuta, puede leer esto.
- Para saber quién es Rod Stewart, el músico, puede leer esto.
- Para leer sobre el origen de todos mis traumas, puede leer esto.
- Para enterarse de los hechos que llevaron a la hospitalización de Rod Stewart, mi terapeuta, puede leer esto.
Y para conocer el estado actual de mi doctor, lea lo siguiente:
Hoy vuelve Rod Stewart, mi terapeuta, no el músico. Que yo sepa el músico no se fue o sea que no puede volver, pero la verdad es que no presto mucha atención a lo que él hace, yo con mi Rod Stewart me conformo.
Hoy retomamos terapia, después de casi cuatro semanas de sufrimiento y tortura con Barbra Streisand (mi terapeuta interina, no la cantante con estrabismo). Para ser justo debo decir que Barbra no es mala doctora. Simplemente no congeniamos, no hicimos clic, digamos. Por ejemplo cuando quemé el consultorio de Rod Stewart hace unos meses, cuando la voz que me habla al oído me lo ordenó, Rod Stewart se enojó pero no exageró. Estuvo sin hablarme un tiempo y después se le pasó y listo, y eso que se tuvo que comprar todos los muebles de nuevo, incluído el diván, y pintar las paredes y cremar a su perro, que murió en el incendio (o sea que podemos decir que tuvo que terminar de cremar al perro, jaja, pero no, no, no hay que bromear, pobre Sigmund tan bueno que era, sabía dar la patita y todo).
La cuestión es que Rod se enojó un poco pero se le pasó cuando le quemé el consultorio. En cambio cuando la semana pasada le prendí fuego al escritorio de Barbra, la doctora se descontroló, fue presa de la rabia más absoluta y por un momento pensé que ingresaría en el ilícito terreno de la violencia física y me daría un soplamocos de esos que te aflojan la dentadura. Me gritó de todo: maldito rufián, pillo demoníaco, niño fiero, apestoso, tan traumado, maldito hijo de perra, ojalá te atropelle el N5, sucio, incorregible, maldito rufián. Le pregunté por qué me dijo maldito rufián dos veces, pero no contestó porque una baba amarilla empezó a chorrear entre sus labios, y justo sonó la alarma que pone ella para saber que se acabó la hora, así que agarré mi mochila y me fui, dejándola con su baba amarilla y sus convulsiones y su escritorio humeante.
Por suerte fue nuestra última sesión, porque no sé si hubiera aguantado otra más. Le conté un montón de cosas de mi intimidad y ella nunca demostró un interés real. Le conté de mi amigo Friedrich, de mi madre y su trabajo llenando pelopinchos, de mi piromanía y a todo ella siempre respondio un ajá qué interesante, vamos a profundizar sobre eso más adelante. Al final nunca profundizamos nada, y yo creo que por eso mismo la voz que me habla al oído me dijo "Lucas, quemale el escritorio y vamonós a comer un kebab".
Esta tarde le voy a contar a Rod de estas 4 semanas perdidas. Creo que incluso he recaído en algunos malos hábitos. La piromanía, sí, pero también ando mintiendo mucho, y robando, y ayer le volví a meter la traba a una anciana en la peatonal. Pueda ser que no se enoje. Está convaleciente todavía, el pobre Rod, y no quiero que se le abran los puntos de la herida o se le baje la presión cuando le cuente mis recaídas de este último mes. La secretaria nos ha dicho que el doctor está fuera de peligro, que tiene que hacer vida tranquila durante un tiempo, comer bien y nada más. Le han sacado un riñón, el que perforó Billy, y le ha quedado una cicatriz larga y bastante fea, pero que en opinión de la secretaria le da un toque viril y masculino.
Esta tarde vendrá Billy The Kid, por cierto. Ojalá venga tranquilo, estable, y no intente un homicidio de nuevo. Afortunadamente ahora tenemos un detector de metales en la puerta, así que Billy ya no puede entrar con cuchillos ni nada metálico.
La señora García Monn no viene hoy porque está en Cancún con su hija y el yerno, pobre el yerno, ojalá la apuñale.

