Hoy vuelve Rod Stewart.

miércoles 22 de abril de 2009 |

He recibido quejas, sobre todo imaginarias, sobre la dificultad que tienen algunos lectores, también imaginarios, para comprender la cronología e interrelación de mis textos sobre mi terapeuta Rod Stewart.
Intentaré simplificarle las cosas:
- Para saber quién es Rod Stewart, mi terapeuta, puede leer esto.
- Para saber quién es Rod Stewart, el músico, puede leer esto.
- Para leer sobre el origen de todos mis traumas, puede leer esto.
- Para enterarse de los hechos que llevaron a la hospitalización de Rod Stewart, mi terapeuta, puede leer esto.

Y para conocer el estado actual de mi doctor, lea lo siguiente:

Hoy vuelve Rod Stewart, mi terapeuta, no el músico. Que yo sepa el músico no se fue o sea que no puede volver, pero la verdad es que no presto mucha atención a lo que él hace, yo con mi Rod Stewart me conformo.
Hoy retomamos terapia, después de casi cuatro semanas de sufrimiento y tortura con Barbra Streisand (mi terapeuta interina, no la cantante con estrabismo). Para ser justo debo decir que Barbra no es mala doctora. Simplemente no congeniamos, no hicimos clic, digamos. Por ejemplo cuando quemé el consultorio de Rod Stewart hace unos meses, cuando la voz que me habla al oído me lo ordenó, Rod Stewart se enojó pero no exageró. Estuvo sin hablarme un tiempo y después se le pasó y listo, y eso que se tuvo que comprar todos los muebles de nuevo, incluído el diván, y pintar las paredes y cremar a su perro, que murió en el incendio (o sea que podemos decir que tuvo que terminar de cremar al perro, jaja, pero no, no, no hay que bromear, pobre Sigmund tan bueno que era, sabía dar la patita y todo).
La cuestión es que Rod se enojó un poco pero se le pasó cuando le quemé el consultorio. En cambio cuando la semana pasada le prendí fuego al escritorio de Barbra, la doctora se descontroló, fue presa de la rabia más absoluta y por un momento pensé que ingresaría en el ilícito terreno de la violencia física y me daría un soplamocos de esos que te aflojan la dentadura. Me gritó de todo: maldito rufián, pillo demoníaco, niño fiero, apestoso, tan traumado, maldito hijo de perra, ojalá te atropelle el N5, sucio, incorregible, maldito rufián. Le pregunté por qué me dijo maldito rufián dos veces, pero no contestó porque una baba amarilla empezó a chorrear entre sus labios, y justo sonó la alarma que pone ella para saber que se acabó la hora, así que agarré mi mochila y me fui, dejándola con su baba amarilla y sus convulsiones y su escritorio humeante.
Por suerte fue nuestra última sesión, porque no sé si hubiera aguantado otra más. Le conté un montón de cosas de mi intimidad y ella nunca demostró un interés real. Le conté de mi amigo Friedrich, de mi madre y su trabajo llenando pelopinchos, de mi piromanía y a todo ella siempre respondio un ajá qué interesante, vamos a profundizar sobre eso más adelante. Al final nunca profundizamos nada, y yo creo que por eso mismo la voz que me habla al oído me dijo "Lucas, quemale el escritorio y vamonós a comer un kebab".
Esta tarde le voy a contar a Rod de estas 4 semanas perdidas. Creo que incluso he recaído en algunos malos hábitos. La piromanía, sí, pero también ando mintiendo mucho, y robando, y ayer le volví a meter la traba a una anciana en la peatonal. Pueda ser que no se enoje. Está convaleciente todavía, el pobre Rod, y no quiero que se le abran los puntos de la herida o se le baje la presión cuando le cuente mis recaídas de este último mes. La secretaria nos ha dicho que el doctor está fuera de peligro, que tiene que hacer vida tranquila durante un tiempo, comer bien y nada más. Le han sacado un riñón, el que perforó Billy, y le ha quedado una cicatriz larga y bastante fea, pero que en opinión de la secretaria le da un toque viril y masculino.
Esta tarde vendrá Billy The Kid, por cierto. Ojalá venga tranquilo, estable, y no intente un homicidio de nuevo. Afortunadamente ahora tenemos un detector de metales en la puerta, así que Billy ya no puede entrar con cuchillos ni nada metálico.
La señora García Monn no viene hoy porque está en Cancún con su hija y el yerno, pobre el yerno, ojalá la apuñale.

Sus ojos, Estela.

martes 21 de abril de 2009 |

Pero sus ojos dejan atrás todo eso. Lo ocultan, lo hacen desaparecer, lo fulminan.
Sus manos incompletas, sus cayos, su suave bigote, sus cuatro orejas, los pelos que de su nariz surgen e invaden como enredaderas sus mejillas y cuello. Todo detrás de sus celestiales globitos oculares.
Son sus ojos, Estela, sus ojos y nada más, lo que de verdad me importa.
Su ojo derecho, el azul, el más grande, ese que sale para afuera y queda colgando de un hilito de carne y nervios cada vez que usted estornuda, y hay que apurarse a empujárselo dentro para que la gente del metro no ingrese en un pánico de vómitos y vias rojas.
Su ojo izquierdo, el violeta, el más pequeño, ese que usted no puede dejar de cerrar y abrir, tic nervioso molesto en otros pero precioso en usted, Estela, ese párpado de su ojo izquierdo que no deja de aletear a la velocidad del colibrí, y que incluso suena, tiene sonido, por ejemplo en el cine cuando se hace el silencio previo al comienzo de la película o cuando caminamos de madrugada por las callecitas silenciosas del barrio gótico y lo único que interrumpe ese silencio son nuestros pasos calmos y su acelerado párpado inquieto.
Y su ojo del medio, el de tamaño normal, el naranja, el que sólo se abre al anochecer como esas flores que nadie excepto la luna logra persuadirlas de mostrarse.
Entienda que todo su ser desborda una belleza particular, muy particular, pero en serio: muuuuuy particular. Una belleza que empuja las fronteras de la percepción, una belleza revolucionaria. Estela dese cuenta, usted es tan bella que a miradas desatentas resulta fea, asimétrica. Pero no a la mía. Cuando por fin logro desprenderme de sus ojos y observar con adoración el resto de su cuerpo mi alma entera se estremece, Estelita, tanto se sacude que por momentos pienso que saldrá de mi cuerpo y, privado de ella, falleceré durante unos segundos para volver luego a la vida y renacer contemplando su ojo azul, con un poco de suerte contemplarlo fuera de su cuenca a causa de un fuerte estornudo. Si por el contrario logro controlarme y no morir extasiado en su perfección, voy recorriendo con la vista sus pechos redondos, sus manos sin pulgar, sus brazos pequeños como los de un tiranosaurio, sus hombros protuberantes, sus rodillas rasposas, sus pies chuecos, y luego subo por sus muslos hasta el ombligo peludo, me detengo en su concavidad a recuperar fuerzas, me desvío a lo largo de su cicatriz de apendicitis y salto a su espalda, me sujeto de sus innumerables granos para ascender a su cuello y tomado de su graso cabello gano su frente arrugada, sus pobladas cejas, su nariz aguileña (para hacerle justicia, ¿debería quizás decir tucaneña?) sus labios poco carnosos, su mentón partido, sus mejillas descoloridas, sus cuatro pequeñas, armónicas, deslumbrantes, resbalosas orejas. Ahí permanezco un segundo, respiro profundamente, inhalo el perfume de su tímpano y regreso la mirada a sus ojos. Al violeta, el pequeño, el que no para nunca de parpadear; al azul, el grande, el que se escapa de su órbita cuando sufre de alergias; y al del medio, el normal, del que sólo Selene tiene la llave.
Porque a fin de cuentas, a pesar de la belleza de su ser, todo es irrelevante excepto sus ojos. Son sus ojos, y nada más, lo que de verdad me importa.

Una cosa tipo Hulk. Poema.

miércoles 15 de abril de 2009 |

Hay en mí
una cosa tipo Hulk
o sea de El Increíble Hulk
o sea el cómic
que adaptaron a una serie con Lou Ferrigno
y más recientemente a una película
bastante hedionda
bastante
bastante
hedionda.

Es una cosa tipo Hulk
porque me pasa como le pasa a Bruce Banner
que cuando entra en extrema ira
se vuelve verde y grandote
verde como una uva
o como algunas algas
grandote tipo Rusia
tipo Anna Swan.

Si alguna vez me cruzas por la calle
jamás pensarás 
ese tiene una cosa tipo Hulk
me verás flaquito
débil
frágil
vulnerable
un poco melancólico
cabizbajo
y suspirando
con una extraña belleza
opaca
huidiza
esquiva
pero cautivadora
y te darán ganas de abrazarme
y decirme
tranquilo, flaquito, tranquilo que todo irá bien.

Y sin embargo hay en mí
una cosa tipo Hulk.
Digo tipo Hulk porque no es exactamente lo mismo
no me vuelvo ni verde como un alga ni grandote como Rusia
pero como a Bruce Banner
me sucede cuando me enojo
cuando entro en extrema ira.

Si me dan mal el vuelto
extrema ira.
Si estoy haciendo cola
y alguien se cuela
extrema ira
Si pierdo jugando al chinchón
extrema ira.

Si me cortan mal el pelo
si me pegan tincazos
si se me pincha la bici
si me tropiezo
si me señalan
si se desatan mis cordones
si me hablan mientras leo
abusa, colosal, desproporcionada
extrema
extrema
ira.

Y me da mi cosa tipo Hulk.

Pero no sé en qué consiste
mi cosa tipo Hulk.
No conservo de ella ningún recuerdo.
Sólo sé que cuando vuelvo en mí
luego de un ataque de extrema ira
siempre me encuentro desnudo
cubierto de plumas y engrudo
en posición fetal
con la Biblia en una mano
y el Corán en la otra
auriculares en mis oídos
con temas de David Bowie sonando
a veces
o de Pocho la Pantera
otras veces
mis uñas pintadas
y mi cabello esponjoso
mi vientre firme
mis brazos impávidos
mis pies perfumados
mi rostro inmutable
mi espalda tersa
y mis nalgas turgentes.

Siempre amanezco en el medio de la nada
en plazas o baldíos o playas de estacionamiento o bibliotecas públicas
tomo el N4
y vuelvo a casa
mirando el piso
y escuchando a Bowie
a veces
o a Pocho
otras veces
e intentando siempre no volver a entrar
en extrema
extrema
ira.

Jack Jack Jack.

jueves 2 de abril de 2009 |




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