Sobre cómo llegué al momento actual de estar escribiendo el libro que me hará tremendamente famoso cuando lo termine.

viernes, 13 de noviembre de 2009 |

Comencé por imaginarme una infancia horrible: que mis padres practicaban todo tipo de violencia sobre mí, que mis perros afilaban sus dientes en mis rodillas, que nunca recibí, al caerse mi dentadura de leche, ningún tipo de recompensa en efectivo; que en la escuela todos esperaban mi llegada cada día para escupirme, inventarme apodos o dibujarme en el pizarrón exagerando mis defectos físicos.
Formé en mi mente una vida donde he sido portador de un sufrimiento apenas tolerable, del cual sólo he podido escapar durante las breves horas de sueño. Pasé días enteros con la mirada perdida en cualquier punto narrándome en susurros una falsa autobiografía repleta de trompadas en la nariz, desengaños amorosos, abusos a mi persona, mutilaciones, hambre, frío y enfermedades.
Sucede lo siguiente: siempre he querido ser un escritor pero no cualquier escritor sino un escritor consagrado y trascendental y citado en todas las enciclopedias y publicado en innumerables antologías. Sin embargo jamás pensé en esto como una posibilidad real hasta que vino a mi ciudad el crítico literario muy famoso y muy conocido por todos y muy prestigioso y bastante premiado Sir Le Clavo Cualquiera al Ángulo. El intelectual estaba de gira presentando su libro Los que no leen son inferiores a los que sí leen, obra donde plantea básicamente la superioridad de los que leen sobre los que no lo hacen. Decidí ir a verlo. Escuché con devoción su discurso. Cuando terminó me acerqué para que me firmara su libro y le pregunté tímidamente qué necesita uno si quiere convertirse en un escritor universal y ganar el Premio Nobel. Sir Le Clavo Cualquiera al Ángulo se quitó los lentes y limpiándolos con un pañuelo que sacó de su bolsillo me respondió:
—Los artistas, no solo escritores sino también pintores, escultores, fotógrafos o directores de cine y teatro, obtienen su inspiración de cualquier cosa. Por eso decimos que cualquiera es artista. Pero ojo al piojo, la capacidad de forjar una obra trascendental, que permanezca en la memoria de la gente mucho después de haberla leído y que se transmita de generación en generación, para escribir un libro de ese calibre es imprescindible haber sufrido, querido Patricio.
—Me llamo Lucas —corregí
—Y no hablo —agregó, —de males leves como el robo de una bici, una televisión sin control remoto, un intestino perezoso o bailar mal y que la gente se burle. Esos son pequeños, pequeñísimos tormentos inútiles si lo que se quiere es ser el autor de grandes obras como Crimen y Castigo o El Quijote o Moby Dick. Para escribir en ese nivel de perfección lo que se necesita es un número mínimo de tragedias vividas. La orfandad ayuda mucho, o ser testigo del atropellamiento y posterior muerte (en lo posible lenta) de nuestra mascota, por ejemplo un perro o un hámster. Pertenecer a una minoría social también sirve, como también sirve no tener control de esfínteres, o ver accidentalmente a nuestros abuelos en la ducha, o tener hipo durante varios meses seguidos, o tener un pezón en la frente, o tener coprolalia e involuntariamente gritar todo el tiempo “¡por favor que alguien defeque en mi rostro!”. Puede expandir su pena planteándose desafíos que están más allá de su superación, por ejemplo mudándose a la punta de un cerro si sufre usted de vértigo, liberando tarántulas en su casa si las arañas le provocan pánico y terror, etcétera. No sé si me entendés, Luciano.
Después el escritor me dio algunos ejemplos de figuras de la literatura clásica que han sufrido enormemente. Shakespeare, al parecer, soñaba cada noche que un gran hipopótamo bailaba tap sobre su cabeza, pesadilla que de tan recurrente terminó generándole una especie de hipopotafobia, terrible fobia para tener en su época ya que por entonces los hipopótamos circulaban por las calles de Londres; me contó también de Tolstoi y de su alergia a él mismo (es decir, a Tolstoi) alergia que lo mantenía estornudando permanentemente.
—Pocos lo saben —me comentó Sir Le Clavo, —pero el apellido de la protagonista de su más popular novela, Anna Karénina, no es otra cosa que la onomatopeya del sonido que hacía el escritor ruso al estornudar, como se verá en la siguiente dramatización:
(Aquí, Sir Le Clavo Cualquiera al Ángulo interpretó de forma sencilla a ambos personajes, Tolstoi y Petrovski)

TOLSTOI: Como le decía, señor Petrovski, creo que mi próxima obra tratará sobre la guerra y la paz. Aún no tengo decidido el título, pero creo que la llamaré “El colibrí no ha venido esta mañana”, claramente una metáfora del horror, del innecesario odio y... y... ¡KARÉNINA!

PETROVSKI: Salud, señor Tolstói. ¿Necesita usted un pañuelo?

TOLSTOI: No, gracias, señor Petrovski.
Sir Le Clavo me habló también de Charles Dickens. Yo lo ignoraba, pero al parecer el autor de Oliver Twist fue hijo de padres boxeadores que practicaban en el rostro del pequeño Charles sus izquierdas, sus ganchos y sus uppercuts. Jack London escuchaba voces, Kafka se creía tucán y Truman Capote era adicto al edulcorante Chucker. Por último, mencionó a Mark Twain, lo ocurrido cuando le diagnosticaron un extrañísimo mal y le recetaron por error dos supositorios por día durante casi quince años, al cabo de los cuales los doctores descubrieron su equivocación y le comunicaron con infinitas disculpas que un sólo supositorio habría bastado.

Aquella conversación con el profesor significó una revolución en mi manera de ver las cosas, un replanteamiento de mis prioridades y al mismo tiempo la fijación de un nuevo objetivo, una nueva meta a alcanzar en esta larga, larguísima maratón que nunca pedí correr y que otros llaman vida: buscar sistemáticamente la experimentación del dolor en todas sus formas, tamaños, esencias, presentaciones, tamaños y formas.
Tal es así que apenas el sol del día siguiente estuvo alto en el cielo me puse en marcha. Compré zapatillas tres números por debajo de mi talla y salí a correr. Al regresar me quité el calzado y me di martillazos en los dedos hinchados. Fui al zoológico y sin que los guardias me vieran abracé a los puercoespines. Apreté limones cortados contra mis globos oculares. Vomite mirando el techo. Introduje hisopos hasta sentir que se hundían en mi cerebro. Establecí mi dieta diaria a base de mi propia orina, sal y orégano, y antes de dormir hice buches con soda cáustica. Días después quité el orégano de mi dieta.
Luego procuré atravesar diversos tormentos de carácter psicológico, mucho más importantes éstos que aquellos de carácter físico. No fue difícil abstenerme del sexo, de hecho llevaba sin practicarlo varios años cuando sucedió el Gran Cambio de Vida. Una situación similar se presenta en mi historial romántico, pues no he conocido el amor en ninguna de sus formas, exceptuando quizás el cariño inocente hacia un canario senil que, para engrandecer mi suplicio, asfixié con una bolsa del súper.
Durante toda una tarde llamé a mis familiares, amigos, conocidos y demás y les proferí a gritos los más grotescos improperios, y extendí su alcance a las madres y abuelas de los blasfemados.
—Hola, ¿Johnny? Sí, mirá, te llamaba para decirte que, en mi opinión, das tremendamente ocote en todo lo que hacés. Son mentiras que éramos mejores amigos y son mentiras que somos hermanos de sangre y son mentiras que me gusta como tocás la guitarra. Para decirlo en una palara, todio, Johnny.

—Hola, ¿abuela? Sí, mirá, te llamaba para decirte que todas esas veces que fui a tu casa a comer pastelitos de dulce de batata y cuando me preguntabas ¿están ricos querido? yo te decía sí, nona, están buenísimos, bueno cada vez que dije eso eran mentiras. ¿Tas ahí todavía, abuela? Bueno, escuchá otra cosa. Son hediondos los pastelitos. La masa, hedionda. El almíbar, hediondo. ¿El dulce de batata? ¡La hediondicidad hecha comida!

—Hola, ¿ma? Mirá, te odio.

—¿Pa? Qué hacés. Yo bien bien, acá, tirando. Escuchame, te cargo el asco una banda.
De esta manera logré que mi soledad fuera completa. Ahora podría pasarme horas y horas encerrado en mi habitación lamentando los afectos perdidos e intentando canalizarlos en una obra de lo más maestra.
Prolongué este dificultoso viaje a lo más hondo de la miseria humana por espacio de cinco años. Hasta hoy. Después de un tiempo de llevar un blog como terreno de pruebas, siento que estoy listo. Mi pelo ha crecido por debajo de mis hombros, y mi barba frondosa oculta en su interior restos de comida y una pequeña colonia de insectos. He perdido peso. Mi cara está chupada. En todas mis facciones se adivina el cráneo al que mi piel se adhiere como un mantel mojado a una mesa. Mis uñas larguísimas están amarillas. Camino encorvado y arrastrando los pies. Toso constantemente.
–Sí –me digo, –estoy listo para escribir.
Aquí estoy.
Envuelto en la tenue luz de mi lámpara insuficiente y abrigado por una manta raída llena de polvo al que soy alérgico.
Aquí, observando fijamente mi máquina oxidada con una hoja en blanco que aguarda, firme, la genialidad de mis letras.
Con dedos temblorosos, he pulsado:

La mejor obra del mundo.
Por Lucas Varela.

Coloco otra hoja.
Y escribo hasta el amanecer.

14 Comentarios:

sliding renat dijo...

jaja, extrañaba el morbo, por momentos me dio un poquito de miedo, eh ? Papo. Volviste con todo. Aplausos varios a todas las frases bizarras.

moderrunner dijo...

Celebro desde ya tu consagración, nadie mejor para ese estatus que el portador de una barba con tanta vida.

Un abrazo

máx dijo...

Imagino que finalmente, la cantidad de gente que dijo: "¡Por Dios! Denle el premio nobel a este hombre" se hará realidad. Como cuando uno sopla las velitas del cumpleaños.

No tenía la (verdadera) historia de estos autores, ni me quiero imaginar lo que debe haber vivido Marqués de Sade!

Y agradezco que te hayas dado cuenta y quitado el orégano de tu dieta, jamás pensé que te faltaran dos dedos de frente, que no pudieras razonar la asquerosidad que estabas haciendo!

Saludos

máx dijo...

Che, al margen... puede ser que leí algo así como un post escrito por RN en el reader de google? Bah... lo tengo ahí! (un arrepentimiento de último momento tal vez hizo que lo quitáramos?) :)

luli dijo...

ya me compré el vestido negro y los zapatos con tacos...

hoy...
más que nunca...
*¡Por Dios! Denle el premio nobel a este hombre.!!!


besos dos!

Aidee dijo...

por favooor, por dios o por lo ke kieraaan...
¡Denle el premio nobel a este hombreeeeeeee!

GuAdaluPe! dijo...

HOla
Pasaba nomás después de tanto tiempo sin pasar por ningún lado, y oh... premio.

"Envuelto en la tenue luz de mi lámpara insuficiente..." hace que "replanteamiento" finalemtne no suene tan mal, porque.. que palabra más fea, a lo infantojuvenil.

SAludos, V

Anónimo dijo...

vicky dijo...

oh, te extrañaba hijodeputa!

M dijo...

Como costumbre, la genialidad hecha palabras. Lucas, cada día mejor y cada día más loco.

Un abrazo boludo. Afeítate la barba.

cas dijo...

una palabra: todio.
a veces cuando leo sus cosas me rio tan parecido a como me reia a los 5 años...
hata que por fin volvió vago i'mierda...

Raisa Maudit dijo...

-Comentarios prefabricados:

Ayyy que bien! lo digo ya totalmente en serio... cada día eres más Writer (with capital w ) que el anterior! Mereció la pena que tardaras en actualizar

fulano/martínvillarroel dijo...

jeje tas reloco chabón...

sardinasinsodio dijo...

Y finalmente, el día en que te mueras y pases a la inmortalidad como el epítome de los escritores malditos, tus amigos te llevaremos flores de plástico al cementerio y orinaremos tu lápida tras una casi imperceptible reverencia...

Anónimo dijo...

La verdad... no lo leí... otra verdad, hace mucho que no tengo lecturas paragüenses... y si, a veces pasa...
Pero el título es muy sugestivo, al final: tendré razón alguna vez, yo creo que sí. Sabés de lo que te hablo? Sabés quién soy? también creo que si... Jaja!
Se te recuerda con mucho cariño por acá Japonés... a no, Coreano, no tampoco... ya no recuerdo, a sí, Chino era...

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