Aprobación editorial para Las aventuras de Albert, el pato con pulgar opuesto .

martes 24 de enero de 2012 |

Mi nuevo trabajo editorial incluye tareas un tanto negativas, como comunicar los rechazos y otras tan felices como comunicar la aceptación y los distintos puntos de un futuro contrato de publicación A continuación, la comunicación de aceptación de la novela de Pepe Vegasz (sic), cuyo informe editorial puede verse aquí.

Estimado Pepe Vegasz (sic):

Es un honor y una alegría para mí poder informarle que su obra Las aventuras de Albert, el pato con pulgar opuesto, ha sido seleccionado para formar parte de nuestro catálogo. Estimamos su publicación dentro de un periodo no superior a los tres meses.

La obra ha sido leída por nuestro selecto grupo de evaluadores profesionales y su decisión ha sido unánime: las aventuras de Albert y su especial mutación captan a la perfección la importancia del pulgar en la evolución del hombre (o, en este caso, de los patos, jajaja) a la vez que sintetiza la esencia de la condición humana (o palmípeda, jajaja) en una prosa que resulta clara al lector sin incidir en la condescendencia.
Sin embargo, su obra no ha sido elegida como parte de nuestra colección Narrativa de Hoy; por el contrario, estamos convencidos de que la adaptación de su novela a un público infanto-juvenil será mucho más productiva y positiva tanto para el libro como para los futuros lectores de las cómicas aventuras de su entrañable pato.
De esta manera, hemos tomado la decisión de adecuar su libro a nuestra colección Los niños también leemos. Todo el texto se ha reducido considerablemente y, evidentemente, capítulos como "Albert hace porno en japón", "Albert y los tratantes de blancas" o "Albert pierde la cabeza y defeca sobre el rostro de la adúltera Jirafa Betania, que lo ha engañado con el Burro Bernardo" han sido borrados del libro. En su reemplazo, la reconocida artista griega Ruth Papadópulos ha ilustrado cada una de las aventuras de Albert. Confiamos en que el cambio será de su agrado.

Es importante que entienda que el juego transgresor que usted hace con su propio nombre confundirá la mente de sus nuevos lectorcitos, y es una cláusula inmoble de nuestro contrato el que usted acepte firmar el libro como Pepito Vegasz (sin el sic). 

Como muestra de nuestra confianza en que aceptará seguir adelante con este proyecto, nos hemos tomado la libertad de diseñar una portada y contraportada, que adjunto para su aprobación.

Esperamos ansiosos su respuesta.

Atentamente,

Lucas Varela.



Informe editorial para Las Aventuras de Albert, el pato con pulgar opuesto.

jueves 19 de enero de 2012 |

A continuación, el primer informe de mi nuevo trabajo editorial. Se trata de la lectura y redacción de un comentario crítico sobre los manuscritos inéditos que llegan a la editorial. 


Informe editorial del manuscrito 993-(3)-Ave
Autor: Pepe Vegasz (sic) [sic]1
Título: Las aventuras de Albert, el pato con pulgar opuesto.
304 páginas.

(1)
La novela es muy clásica en su estructura y en su ordenación de la información. El lector no está nunca confundido con respecto a quién es quién o por qué hace lo que hace. En realidad hay solamente un personaje: Albert –léase Albért; el pato es catalán y vive en L'Hospitalet. Las aventuras de Albert se distribuyen en sendos capítulos y poco de una aventura influye en la siguiente. En toda la novela impera una atmósfera muy cartoon-style, es decir, Albert siempre se recupera rápida y totalmente de cualquier herida –incluso muerte, como ocurre en el capítulo XI, "La aventura de Albert trabajando en Ikea", en que el pobre palmípedo fallece aplastado por una estantería Billy– y en el capítulo no presenta secuelas de ningún tipo.

(2) 
La profundidad psicológica de Albert es probablemente el aspecto más trabajado de esta novela. Vegasz (sic) [sic]  ha sabido plasmar en su prosa directa y en un léxico de no más de 2000 palabras la complejidad del inconsciente animal. Sus referencias a cuentos tradicionales como "el patito feo" –véase especialmente el capítulo XXII, "¡A Albert se le cae el pico!"– resultarán efectivas en el lector que encuentra placer en identificar la intertextualidad, pero fallan en su intento de resultar graciosas, en una ironía pobre que quiere resultar provocadora y resulta, como mucho, un chiste malo.

(3)
Los capítulos VI ("Albert contra los terroristas búlgaros") y VIII ("Albert hace porno en japón") son marcadamente estereotipantes y reflejan una cantidad tal de prejuicios y nociones racistas que, si el texto llega a ver la luz, deberá pasar por un gran filtro legal con el departamento de abogados.Por supuesto, esto puede tratarse nada más que de un intento de Vegasz (sic) [sic] de construir un personaje que sea racista y prejuicioso, pero es justamente en estos capítulos donde la complejidad mental del pato decae en favor de una concepción unidimensional del personaje. Es más probable que su intento sea el de provocar y captar un público que disfrute de las novelas polémicas alla Houellebecq o, de nuestra editorial, cualquier novela de Alfredo Tordos.

(4)
El título de la novela es su mejor presentación. Cada aventura de Albert tiene siempre en su epicentro la afortunada deformidad del palmípedo , que en su ala derecha tiene un pulgar opuesto que le permite, por ejemplo en el capítulo II ("Albert toma clases de flauta dulce") sostener firmemente la flauta y tocar Fray Santiago ante un auditorio de 1200 personas. En el capítulo VI Albert puede activar con su pulgar el detonador remoto de explosivos C4 instalados en la guarida de la Banda de Boris, y acabar con todos.
De esta manera, el verdadero hilo conductor de la novela, y el único, es la mutación del pato.

(4)
La novela acaba con la amputación del dedo por parte de Hilda, la Tortuga Manca, rival eterno del pato y protagonista, como aclara Vegasz (sic) [sic] en una nota adjunta, de su siguiente novela, todavía en proceso de redacción, cuyo título provisional es Las Aventuras de Hilda La Tortuga Manca.

(5)
Vegasz (sic) [sic] solicita que su novela sea tenida en cuenta para la colección Narrativa de Hoy, de nuestra editorial, pero considero que la única posibilidad de Albert de llegar al papel es a través de la colección infanto-juvenil Los Niños También Leemos, y sólo después de haber sometido el manuscrito  a una extensa revisión y acortamiento de la obra, que en sus 304 páginas y 84 aventuras se vuelve monótona y predecible –sobre todo por culpa de los títulos explicativos que arruinan cualquier sorpresa (por ejemplo en "Albert descubre que el asesino es Roberto"). Más áun, la novela tiene capítulos breves que pueden recortarse sin temor a mutilar una obra maestra, (por ejemplo "Albert se saca un moco y lo pega bajo la mesa").3

(6)
Fragmento representativo. Se trata del final del capítulo Albert toma clases de flauta dulce.
El reloj de la sala de espera despedía a los segundos con tics y tacs que resonaban por toda la habitación. Albert, nervioso, comenzó a morderse su única uña.  En momentos en que necesitaba reasegurar su autoestima, encontraba en este ejercicio el único consuelo a su mediocre vida. El pulgar lo hacía especial. Finalmente decidió esperar al maestro practicando escalas, y sacó la flauta de su mochila. Pero apenas tocó dos o tres notas cuando el profesor lo llamó para comenzar la clase. Albert dibujó una sonrisa en su pico y entró.
–¿Has practicado, Albert? –le preguntó el profesor.
–¡Si profesor!¡Para ser un pato, no me sale nada mal!
Poco después, el profesor murió de un pólipo renal.

El primer sic pertenece al nombre del autor, es decir, así firma sus obras: Pepe Vegasz (sic). El segundo sic es para aclarar que el primer sic es parte del nombre del autor.
Estos no son los únicos capítulos, y en una segunda revisión me doy cuenta que ni siquiera son los peores. El capitulo LXVI se titula "Albert trata de reactivar la esclavitud" y está plagado de frases despreciativas hacia los negros (¿es correcto decir negros o debería decir 'afro-catalanes'?) como "El murciélago humanoide sonrió con sus dientes contrastados" (p.194) o "Motumbo tenía hambre, pero esto no extrañó a Albert, que ya había notado la tonalidad oscura del primate(p.196)". 
Transcribo la totalidad del capítulo.

Albert está aburrido. Se saca un moco. Lo mira mientras juega con él y lo convierte en una esferita regular y luego, perdido el interés, lo pega bajo la mesa.

Te quise tanto®. Poema minimalista patentado.

martes 17 de enero de 2012 |

Te quise tanto
tanto te quise
y sin embargo ahora...

te cago odiando.





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Todo el peso de la ley caerá sobre quien lo haga, y el argumento de casualidad o coincidencia -por ejemplo "eh, señor policía, pero si esas palabras se usan todo el tiempo" será rebatido como inválido debido a la brevedad del poema y debido a que el desconocimiento de la ley no es excusa, porque si no yo podría salir a matar a todos los que pronuncian mal mi nombre y después decir "eh, señor policía, yo no sabía que no se podía matar" o puedo ir y defecar en el confesionario y decir "eh, señor policía, pero yo pensé que era el baño de la Iglesia". Cualquiera que sea sorprendido pronunciando o escribiendo o, incluso, fotografiando una copia no oficial del poema, por ejemplo la primera frase "Te quise tanto" o bien "y sin embargo" o bien "te cago", será condenado a un periodo de prisión no inferior a los tres años y de hasta cuarenta y tres, o bien a una multa no inferior a los 1500 dólares americanos o su equivalencia en la moneda vigente en el país donde sea sorprendida la infracción.
Quedarán excusadas de esta ley aquellas reproducciones anteriores a la fecha de publicación de esta obra, por resultar anacrónica y paradógica la condena de un plagio o de una reproducción pirata de un original que todavía no existe.
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Breve comentario sobre el alarmante crecimiento de la industria de la realidad virtual.

martes 10 de enero de 2012 |

La naturaleza pseudofílmica de la realidad virtual como mímesis híbrida –en tanto que una parte de la RV es siempre, como su nombre lo indica, real (en términos sensoriales, es decir, si un personaje del pseudofilm recibe un golpe, el espectador siente dolor)– invalida, para muchos críticos cinematográficos de la vieja escuela, la calidad de arte que pudiera adjudicarse a obras realizadas en este formato. Más aún, la creciente popularidad de la realidad virtual está generando enormísimos intereses económicos en los grandes estudios de cine de Hollywood II (Atlanta, EE.UU.), lo que nos lleva a pensar –y a temer– que no pasará mucho tiempo antes de que –como ocurrio a finales de la década del 10 con el 3D– comiencen a remasterizarse y adaptarse films clásicos al formato RV, o directamente rodarse remakes en realidad virtual.
Si ya el 3D significó la ruina de muchos, la RV será sin duda el salto evolutivo que acabará con el cine independiente, de autor, el cine que no depende de presupuestos millonarios ni de carísimos derechos de comics o bestsellers de la semana. Cada vez más salas de Estados Unidos están adaptándose a la proyección-recepción de estímulos pentasensoriales y solamente un pequeño porcentaje conserva en sus instalaciones un proyector estándar de 2/3D. En Europa la situación es casi peor. El último censo ha revelado que en Nueva Connecticut (Francia) no quedan cines previrtuales.

Resulta ilógico oponerse al "progreso". Lo sé. Conozco el ejemplo que esgrimirán frente a mi cara: cuando el cine sonoro comenzó a popularizarse, muchos en la industria entraron en pánico y, de manera darwiniana, quienes no se adaptaron murieron. Pero ya he dicho en el comienzo de estas líneas que la clave de todo este asunto está en que la RV no es cine, la parte visual de una mal llamada película de RV (RV movie) simula siempre el punto de vista de un personaje vacío, sin nombre, adaptable al espectador que, además de la vista, comparte los otros cuatro sentidos con el protagonista de la RVm. El espectador mediocre encuentra en este tipo de experiencia el equivalente a las viejas películas de acción, donde la catarsis alcanzada en el happy end es el resultado de un muy básico sentido de la justicia alcanzado solamente a través de un largo, inhumano sufrimiento (recuérdense las clásicas películas en 2D de Bruce Willis o Jackie Chan Junior) y donde siempre puede verse la misma macroestructura cuyo núcleo está ya presente en las peleas finales de Rocky: el héroe sufre, el espectador sufre con el héroe, el héroe se recobra milagrosamente (muchas veces con la sola mirada anhelante de su amada, entre el público vociferante) y vence. Cualquiera que haya asistido a percibir Rocky VIII: Realidad Brutal (Rocky VIII, Brutal Reality) verá las coincidencias. Sylvester Stalone III, tercer clon del director de la primera Rocky, repasa una vez más este itinerario argumental que, aunque horriblemente predecible, sigue acaudalándose alrededor de todo el mundo.
American Pie XVIII: Feel the pie!, actualmente en posproducción, es el ejemplo perfecto para el equivalente cómico de lo que la saga de Rocky Balboa es en drama: adolescentes semidesnudas, sexo casual y un trato de la amistad masculina en donde lo único que une a los amigos es el deseo del elemento femenino (reducido siempre a la conquista vaginal en términos casi caninos) que llevará siempre a rupturas parciales de la relación, preparando el terreno para la escena final de reconciliación compatible con el éxito copulativo de los miembros del grupo.
La realidad virtual ha llegado para quedarse. Eso dicen, y el pesimismo que me caracteriza me empuja a aceptar lo inevitable. Pero si de algo sirve este artículo, que al menos sea para recordar y proteger, con la nostalgia de quienes aún recuerdan la radio, el cine clásico en 2D y la magia de lo incompleto, del desafío a la imaginación, de la imagen inodora, insípida, de la imagen pura.


Traicionera sinestesia.

jueves 5 de enero de 2012 |

a Luis Alberto.

El golpe bajo pasa inadvertido por el público, que aplaude, pero Luis ahora llora, entre la multitud de ojos húmedos que aplaude la maestría de un movimiento que califican casi automáticamente como sutil y profundo, para nada golpe bajo, se dicen los pocos que llegan a verbalizar el pensamiento, y Luis llora y baja la cabeza entre dos viejas que sonríen extasiadas por la maestría de esos dedos que vuelan hacia el final del movimiento que destroza el estómago de Luis, le mezcla todos los órganos, le anuda los intestinos y le acelera el corazón, el movimiento del pianista le trajo al petiso a la cabeza, traicionera sinestesia, tres notas rápidas le dibujaron los rulitos, otras más fueron su nariz y los redonditos, diminutos pómulos que le achicaban los ojos cuando el petiso rió sus primeras risas, las únicas de los pulmoncitos que un día fallaron y se quedaron quietos, el pechito inmóvil enfriándose bajo la lana inútil. Luis se seca los ojos y mira a una de las viejas, luego a la otra. Confirma que ninguna ha descubierto su llanto, la curva de su espalda que salta con los espasmos de una tos que sofoca mordiendo el puño, mano cerrada, mano inversa a los dedos-colibrí del pianista aplaudido, famoso por la emoción de sus interpretaciones, por la evocación de sus composiciones, por la sutileza, ese adjetivo imbécil, piensa Luis, para nada sutil, piensa Luis, y las piernitas rechonchas del petiso corresponden a la perfección con las notas apiladas sobre el piano y ubicuas a la vez, flotando en todas las gradas del teatro repleto, las piernitas de suela lisa y rodillas sucias, raspadas, piernas de gateo, de temblor endeble, piernas sometidas siempre a la habilidad de dos manitos de agarrarse de las paredes, del sofá, de la otra piernita delgada que era la lámpara de la sala, vení petiso, le decíamos, vení dale, y los ojitos chiquitos de la risa miraban ansiosos por llegar, las manitos se apoyaban en la cerámica fría y avanzaba el petiso hacia Luis, y ahora la tos deviene arcada y Luis se seca el rostro y los labios con un pañuelo, se endereza sobre la silla para respirar hondo pero no ha previsto la nueva avalancha de notas, el movimiento todavía no termina, vienen ahora las zapatillitas que mandó la abuela, dos números más grandes, bailando en los piecitos que no alcanzan a llenarlas, el mameluco siempre sucio, el baberito, los primeros sólidos en una cuchara que es avión, un avión que se estrella en mejillas sucias de puré de manzana, y ahora sí el final, el desdibujado pianista lo anuncia en su cuerpo ahora de pie, abalanzado sobre el piano, todo borroso, fuera de sus límites por las lágrimas de Luis, como una tormenta de Turner o como uno de esos libritos que el petiso nunca coloreó y que Luis, lleno de whisky, rellenó daltónico, un árbol azul, furioso, su copa saliéndose en rallones de crayón que no respetan la silueta impresa, una nube verde, puntiaguda, lloviendo rayitas rojas sobre una chimenea que humea huecos en el papel, el crayón que apuñala la hoja hasta quebrarse en la mano borracha, y el pianista termina con una docena de notas lentas, entre un silencio como el del doctor cuando se encogió de hombros y le señaló con la mano la camita de hospital, el petiso nada más que un bulto bajo las sábanas que lo cubrían hasta las cejas, su naricita apagada sin mover la tela, sus rulitos asomando al final de la manta insuficiente, las viejas de pie aplauden el concierto acabado, las luces del teatro encendidas, encandilando a Luis que disimula el llanto, el pianista se inclina sobre el público y se va por un costado, el telon se cierra como un ojo acostado, hay que irse, piensa Luis sonándose con el pañuelo, el petiso todavía nítido en sus retinas, se pone el abrigo y sale a empujones, hay que irse, hay que irse.


Muere en Cataluña Papá Noel y confirma el peligro inherente a un cargo históricamente trágico.

viernes 23 de diciembre de 2011 |

El último parte médico se dio a conocer hace escasos 15 minutos. El director del Hospital Clinic confirmó en una breve conferencia de prensa que Ernesto "Papá" Noel (45) falleció hoy a las 14:43, luego de varias horas de agonía, como consecuencia de severas hemorragias internas provocadas por la intensa ráfaga de balas que alcanzaron al entrañable personaje en el tiroteo que protagonizó junto a la Banda del Loco Grinch.
La cronología de los hechos permanece todavía sin confirmar, pero se sabe que cerca de las 3 de la tarde de ayer Ernesto Noel, de civil, caminaba por el Paseo de Gracia de la ciudad de Barcelona en una misión protocolar de búsqueda de regalos. Se sabe que Noel lleva a cabo este tipo de reconocimiento logístico previo para verificar stocks disponibles y hacer un balance de acuerdo a la demanda que le llega en forma de cartas y deseos formulados por los niños que se han portado bien1.
Justo cuando Noel llegaba a la esquina de Paseo de Gracia con Gran Via, un miembro encapuchado de la Banda del Loco Grinch lo interceptó y sin mediar palabra le propinó un derechazo en la mandíbula que noqueó instantáneamente al atacado. Testigos oculares añadieron el encapuchado subió el cuerpo inconsciente en una furgoneta Ford de color negro y con cristales polarizados.
Por supuesto, sólo ahora se sabe que el secuestrado era en efecto Papá Noel, pues en ese momento la ausencia del rojo uniforme y de la muy popular pero falsa barba blanca impidieron a los testigos reconocer en la víctima a la máxima leyenda navideña2.
Afortunadamente, ha podido saberse el resto de la historia por boca del propio Noel, que fue sometido a un extenso debriefing apenas fue estabilizado en el hospital. Los secuestradores trasladaron a Noel a una nave industrial en las afueras de Barcelona donde fue sometido a torturas físicas y psicológicas para que revelara la locación secreta donde se almacenan los regalos que se reparten el 25 de Diciembre en territorio Español. El intenso entrenamiento que recibió Noel en la CIA (y que fue financiado, se cree, por The Coca-Cola Company®) impidió que los maleantes obtuvieran la información deseada. Cubierto de sangre, desnudo, atado a una silla y obligado a mirar con los párpados encintados una lámpara de 200w encendida, Papá Noel cayó finalmente en un estado semicomatoso que interrumpió el interrogatorio.
Fue la cara del mismísimo Grinch lo que Papá Noel vio tras recobrar la conciencia. El verde villano ofreció a Noel su clásica sonrisa interorejal al tiempo que apagaba un cigarrillo en su desnuda panza (es decir, de Noel). El Grinch reanudó las torturas pero no consiguió quebrar a Ernesto. Decidió entonces pasar a la extorsión emocional y ordenó a uno de sus secuaces que "lo trajeran". Papá Noel vio entonces con horror cómo pusieron ante sus ojos el cuerpo maltratado y de ojos vendados de Rudolf, alias el Reno de Nariz Roja. Comunicándose con Noel de manera telepática (es bien sabido que los renos no hablan), Rudolf gritó:
—¡No permita que me usen como cebo, señor Ernesto! Nada es más importante que conservar intacta la navidad. Estoy dispuesto a morir, estoy preparado. Ha sido un placer trabajar para usted.
—Muy bien, Ernesto —intervino el Grinch—, supongo que ahora estarás más dispuesto a colaborar.
—Te diré lo que quieras, pero no lastimes a Rudolf. No lo metas en esto, maldito traidor.
—Te escucho.
—El almacén está en…
—¡No! —rogó Rudolf—. No lo hag…
Momento en el cual el Grinch, que goza también del don de lal telepatía, introdujo en el cráneo del reno una bala de 9mm.
Sucedieron a continuación varias cosas a la vez. Por un lado, el Grinch ingresó en un estado de ira descontrolada que canalizó en el extirpamiento de sus propios cabellos y en el vaciamiento del cargador de su pistola en el cuerpo sin vida de Rudolf, todo ello, claro, tras haberse dado cuenta de que al matar al reno había malgastado su última carta y caer en la cuenta, por lo tanto, de que ya no podría quebrar a su rehén. Por otro lado, Papá Noel, lubricado por su propio sudor, consiguió safarse de las cuerdas que sostenían sus manos al respaldo de la silla y reconoció en este momento de descuido del Grinch el único de posible escapatoria. Se abalanzó sobre el verde rufián y consiguió desmayarlo a base de golpear su cabeza contra el pavimento de la nave industrial. Acto seguido intentó correr hacia la puerta más cercana pero, encandilado como estaba por el sometimiento prolongado a la brillante luz de la lámpara de 200w se estrelló contra una mesa y cayó al suelo retorciéndose de dolor. Para entonces ya todo el cuartel grincheano se encontraba en estado de alerta roja y aunque Noel intentó alcanzar la puerta, los secuaces de la banda lo balearon sin más miramientos y, tomándolo por muerto, recogieron al Grinch y huyeron en la furgoneta . 
Desangrándose rápidamente, casi ciego y llorando la muerte de su amado reno, Noel se entrego a los fríos brazos de la Parca, dándose por muerto. Sin embargo, la llegada vehemente pero tardía de la fuerza policial catalana, los Mossos d'Esquadra, consiguió prolongar la vida de Noel lo suficiente como para que pudiera, al menos, relatar los últimos momentos de su vida.

La vacante que Noel deja es uno de los cargos internacionales más codiciados del mundo, aunque también uno de los más peligrosos. No olvidemos que el antecesor de Ernesto Noel, el noruego Aaron "Santa" Klauss, tuvo también una muerte violenta a manos de un grupo de mercenarios vinculados a corporaciones pro-grincheanas. Antes que él, el peruano Nicolás "el santo" Aimara falleció en un atentado que lo tuvo como objetivo y cuyas condiciones todavía no han sido aclaradas.
Autoridades oficiales del International Central Igloo for The Delivery of Presents (Polo Norte) han señalado que se espera una Navidad sin problemas aunque "sí con algunos retrasos en el reparto de regalos". "Tenemos que ser pacientes este año y respetar la muerte de uno de los directores más nobles y queridos que hemos tenido en toda la historia de nuestra organización y tener siempre presente3 que el verdadero significado de la navidad está no en los regalos sino en la amistad y en el amor de la familia", añadió el vocero Rubén Aris.
Aunque no han añadido nada sobre quién ocupará el cargo máximo, se rumorea que el segundo de Noel, el duende navideño Karl Vögg, asuma temporalmente el cargo, hasta que pueda celebrarse una elección oficial programada para después de Reyes.



Los deseos de los niños que se han portado mal son filtrados por personal noeliano y nunca llegan a oídos de la autoridad máxima.
Con la probable excepción de Jesús.
El juego de palabras es involuntario.


La Gorda Kafkiana.

martes 13 de diciembre de 2011 |

Súbita materialización de mujer obesa en el jardín de mi casa oblígame a abandonar mi comodidad cuasi intrauterina junto al hogar encendido y en compañía de la siempre deliciosa prosa proustiana para tomar medidas urgentes relativas al desalojo de la dama con sobrepeso.
—Discúlpeme —le digo a la mujer obesa por la ventana—. ¿Necesita algo?
—No. Estoy perfectamente bien —responde la mujer obesa observando el cielo.
Decido salir a dialogar con la abultada señora pero no antes de memorizar la página proustiana en que mi lectura se ha visto interrumpida por la súbita materialización de este voluminoso inconveniente.
Sobre el verde y cuidado césped de mi jardín se yergue la Gorda Kafkiana, bautismo literario que se produce de manera inconsciente en mi mente pero que obviamente cuido de hacer público. La Gorda Kafkiana silba sin advertir mi presencia en el umbral. Me aclaro la garganta con un suave carraspeo que finalmente consigue llamar su atención.
—Buenos días de nuevo, caballero, veo que ha decidido salir a acompañarme.
—No, no deseo salir. Es simplemente que no logro explicarme su presencia en mi jardín y… quería ver si se puede ir.
—¿Molesto acaso?
—Bueno… no pero no consigo explicarme qué hace ahí.
—Miro el cielo. Y respiro el olor de sus adorables flores. Y estoy.
—¿Puede al menos decirme su nombre?
—Puedo, pero no lo deseo.
Respóndeme la gorda con tal soltura y desenfado que mi rostro se transmuta en una expresión para nada disimulada de terror. 
—¿Sabe usted —consigo decir— que el jardín forma parte de la propiedad privada, y que si no cuenta con el permiso del dueño, o sea yo, no puede permanecer ahí?
La Gorda Kafkiana se engoge de hombros.
—Haga lo que tenga que hacer, caballero. 
—Llamaré a la policía.
—Muy bien.
—Podrían arrestarla.
—Quizás.
—O multarla.
—Posiblemente.

Regreso al  interior ahora frío y a oscuras de mi casa. El hogar apagado, el libro vacío y la página olvidada. ¿314? ¿214?. Maldita, maldita Gorda Kafkiana. Ha complicado una mañana dominical que prometía todas las delicias del ocio despreocupado y la evasión completa que sólo ofrece el viaje al interior de otra persona. Escucho el silbido opaco de la  mujer obesa. Obsérvola tras las cortinas, veo como huele una flor, agachándose, sin cortarla, acercándola a su nariz con dedos fofos pero amables, suaves, tacto casi telepático. La gorda se gira para oler otra flor y toda la escena se oculta detrás de un gigantesco short rosa de tela de jean que no alcanza a cubrir completamente el callejón entre sus nalgas, y una porción del valle asoma por encima de la cintura del pantalón como una gigantesca alcancía de gongs.
Descuelgo el teléfono pero no me decido a marcar el número de la policía. El sentido común me indica que ignorar a la gorda es la medida cautelar más apropiada: una vez que el jardín deje de ofrecer novedades a la intrusa, ésta se irá a invadir otras flores y otros umbrales.
Ha pasado ya el mediodía. Mis nervios demandan el calor breve de un té, reavivar el hogar, ignorar a la gorda. Improviso tapones para mis oídos con bolitas de algodón y reanudo la lectura. Un Earl Grey evapora su delicioso olor. Aunque no lo escucho, mi desarrollada sinestesia me permite ver el sonido crujiente de la leña rendida al fuego. 
Ay, sin embargo, no consigo concentrarme. No me resigno a aceptar la perfección falsa de la negación. La gorda está en mi jardín y el conocimiento de su vasta presencia aplastando el césped y robando el aroma floral me impide la lectura, como si la grasa corporal de la invasora bloqueara la sinapsis de mis neuronas. Maldita, maldita gorda, suspiro.
Regreso a la ventana. La Gorda Kafkiana está ahora en posesión de una silla plegable que, heróica, soporta su peso, sus cuatro patas de madera clavadas como estacas en la tierra. De piernas cruzadas, la gorda lee el periódico del día bloqueando el sol con una mano que parece un muestrario de salchichas.
—¿Todo bien por aquí? —le pregunto de pie en el umbral.
—Perfectamente, aunque no tan bien en el mundo —agrega, sonriendo, y sacude el diario.
Me pongo serio.
—He llamado a la policía. No tardarán en venir —miento.
—Aquí estaré, no tengo ningún apuro.
—Por favor, señora ¿Cómo me dijo que era su nombre?
—No le dije. Pero Gorda Kafkiana está bien, por ahora. No me ofendo. Todo lo contrario, lo encuentro halagador.
—¿Cómo sabe?
—Si no le importa, prefiero continuar informándome —Señala el periódico.

Cierro de un portazo y llamo a la policía. Resúltame inesperadamente difíil explicar cuál es el problema.
—Hay una mujer obesa en mi jardín, y no quiere irse.
—Su naturaleza obesa —responde un oficial del otro lado, —no parece ser relevante. Si fuera delgada, ¿nos lamaría lo mismo?
—Por supuesto. Pero también llamaría si fuera un hombre, y si digo mujer es para que sepan identificarla, y al  decir obesa doy un dato que directamente elimina cualquier margen de error. La mujer es literalmente gigantesca.
—"Literalmente" significaría que hay en su jardín un gigante, es decir, un ser superior a los tres o cuatro metros de altura.
—Muy bien. Me expresé mal. Por favor envíen a alguien. La mujer no quiere irse.
Espero la asistencia policial fumando nerviosamente. Escucho una sirena que se acerca y se apaga frente a mi casa. Descienden del vehículo dos uniformados. Salgo al jardín.
—Buenos días. ¿Usted llamó?
—No —responde la Gorda Kafkiana.
—Llamé yo, oficial. ¿No les informaron que el problema es justamente una mujer obesa que se niega abandonar mi jardín?
—No.
—¿Cuál es su nombre, señorita?
—Milena Kafka —responde, y me guiña un ojo maliciosamente.
—Y vive usted aquí.
—No exactamente.
—Dónde vive.
—Lejos de aquí, pero estoy tan cansada, y quería descansar un rato. Por eso, digamos, "acampé" en el jardín de este amable caballero.
—¿Esa silla es suya?
—Sí, oficial, y el diario también —respondo yo.
—Usted cállese.
—Son míos —dice la gorda.
—Por favor, oficial. No quiero problemas. Esta mujer parece tener un desequilibrio mental. No quiero perjudicarla. Pero llévesela de mi jardín.
—Señortia, usted está incurriendo en invasión de propiedad privada, concretamente el jardín de este calvo caballero.
—Lo de calvo es irrelevante, ¿no?
—También era irrelevante lo de obesa, ¿no? —responde con ironía. —Señorita, suba al automóvil policial.
La gorda tira con fuerza de su silla hasta desclavarla y, plegada, se la pone bajo el hombro con el periódico enrollado. Me envía miradas de odio mientras se aleja hacia el vehículo.

Estoy por regresar al interior de mi otra vez fría casa cuando observo con horror que la maldita, maldita Gorda Kafkiana no entra en el patrullero. No entra. Ambos oficiales empujan con fuerza la masa nuboide pero no consiguen embutarla en el asiento trasero. La ayudan a sacar lo poco de ella que han logrado meter y me miran apologéticamente. Acto seguido se suben y se van. Alísase la gorda su blusa de proporciones navales y clava la silla en el jardín reutilizando los cuatro huecos anteriores.

Antes de ocultar su cara detrás del periódico, me dirige una última mirada maligna. Sonríe.


Américo, o la inconsciente necesidad de hacerse cargo de uno mismo, de conseguir alas biomecánicas y cumplir el sueño de levantar vuelo hacia la libertad, o hacia la muerte.

viernes 9 de diciembre de 2011 |

«Américo, ven Américo, tráeme mi aperitivo semi-matinal, Américo, el reloj se aproxima inevitablemente a las 11 AM y mi aperitivo matinal aún no está servido, Américo, ¿es que acaso pretendes que me lo prepare yo?, ¿eh?, ¿es que se ha vuelto loco el mundo y los mayordomos ahora son seres rebeldes, irrespetuosos e irresponsables? ¡Américo, caramba! ¡¿Américo?!»

El aperitivo semi-matinal de Madame Laparisienne consiste en media tostada cubierta de miel de abejas y una loncha de jamón de 1200€ el kilogramo. Su preparación está a cargo de Américo, quien ahora duerme sonoramente en su habitación de la tercera planta y sueña que lee en el periódico el fallecimiento de Madame Laparisienne como consecuencia de media tostada atravesada en su esófago. La alarma del teléfono móvil de Américo no sonará hasta las 18 horas: Américo ha confundido las 6AM y las 6PM.

—¡AMÉRICO! ¡AMERICO! —grita Mme Laparisienne y su vena del cuello tiene el diámetro de un pequeño oleoducto. Presionando con el meñique el botón del intercomunicador de la mansión, Mme Laparisienne grita el nombre de su mayordomo y escucha con satisfacción su propia voz multiplicada en más de 40 habitaciones—. ¡AMÉEEEERIIIICOOOOO!

En la habitación de Américo la voz de Madame Laparisienne es apenas un susurro que no sólo no despierta al durmiente sino que parece arrullarlo más, como si fuera el sonido inadvertido pero amodorrante de una suave lluvia de verano. Los ronquidos de Américo son reemplazados por suspiritos regulares, resultado de un cambio acertado e inconsciente de la posición corporal que corrige su respiración. El intercomunicador falla, la alarma del móvil está mal programada. Y Américo duerme.

—Express Máyordoms, mi nombre es Alfred, ¿en qué puedo ayudarle?
—Necesito con urgencia un mayordomo en mi domicilio para prepararme mi aperitivo semi-matinal.
—¿Su nombre?
—Madame Laparisienne.
—Sí, un segundo por favor. (Tapando el teléfono, Alfred se dirige a su secretaria). Tiffany, averigua todo lo que puedas sobre M.L. y dile  a Bernard que tiene que ir a su domicilio. (Vuelve a dirigirse a Madame Laparisienne). Muy bien, Madame, le enviaré a mi mejor hombre. ¿Podría por favor indicarme cuál es su aperitivo matinal favorito?
—Semi-matinal.
—Mis disculpas.
—Media tostada con miel de abejas y una loncha de Jamón de Yorkshirester, primera calidad, al menos dos premios certificados.
—¿Tiene usted esos ingredientes en su casa?
—No lo sé. Jamás trato con la nevera.
—Ningún probema, llevaremos todo. ¿Algo más que debamos saber?
—Sí. Que llevo ya casi 20 minutos de retraso y mi estómago precisa ante todo de regularidad. En caso de retrasarse el aperitivo mucho más, todo mi horario intestinal se verá afectado por el cambio y todo mi esquema de visitas al toilette se derrumbará en un caos de impuntualidad y anomalías que perjudicarán al mismo tiempo mi ciclo de sueño/vigilia por culpa de inesperadas llamadas de la naturaleza a cualquier hora.
—Tendremos todo en cuenta. ¿Acompañará la señora a su tostada, miel y jamón con alguna bebida?
—Agua bendita por el Papa. Y nada de Ratzinger. Juan Pablo II o ni se moleste en venir.
—Todo en camino.

En el sueño, Américo es un hombre-pájaro que sobrevuela la isla de La Valeta (Malta) y dispara con su cañón-pene proyectiles de bajo calibre sobre una multitud histérica que se arroja al agua y nada alejándose de tierra firme hasta morir ahogada de extenuación o devorada por tiburones. Américo es miembro de una bandada de hombres-pájaro, todos armados de un cañón-pene similar al suyo, que coordina sus ataques a la población de La Valeta mediante un lenguaje primitivo de graznidos y una suerte de telepatía delfinoide muy efectiva. El sueño de Américo ha incorporado los gritos de Madame Laparisienne y los ha transformado en el estruendoroso sonido de los misiles tierra-aire que dispara la milicia maltesa contra los hombres-pájaro. Uno de los misiles hiere a Américo y lo despierta.
Apenas rasguñando la vigilia, Américo logra comprobar que todavía es de noche (no lo es, simplemente están corridas las cortinas) y continua durmiendo un sueño sin sueños.

Bernard se viste a toda prisa. Su armario en Express Máyordoms no difiere mucho del de Batman, con la sola diferencia de que todos los trajes iguales son esmóquins. Se coloca un par de zapatos brillantes y se peina con abundante gel. Se atusa el bigote. Su plan de trabajo le ha sido enviado a su Blackberry: tiene que pasar por Charcuterías Le cerd c'est très triste para hacerse con el jamón y visitar a un viejo obispo retirado para conseguir el agua bendita por el Papa Juan Pablo II. 

En las profundidades de una cueva submarina el único movimiento evidente es el ascenso de una miríada de pequeñas burbujas nacidas en los pulmones del Anfibio Américo y exhaladas por unas branquias sublepídicas ubicadas detrás de sus aletas pectorales. La oscuridad es total y solo puede oírse el leve rumor de un grito lejano (Madame Laparisienne). Por razones que el sueño no aclara, el Anfibio Américo está herido. La sangre dulce ha sido percibida –Anfibio Américo lo sabe– por un inusual cardumen de tiburones que se aproxima a devorar a la presa. Américo intenta mimetizarse con un banco de algas flotantes pero sus escamas cromomiméticas fallan (su índice de cromatóforos ha descendido por la pérdida de sangre) y el camuflaje es apenas parcial. Los tiburones llegan, voraces, y comienzan a lanzar mordidas al azar, sus triples filas dentales lanzan chasquidos al morder la nada. El Anfibio Américo lucha por mantenerse en la conciencia y con movimientos apenas perceptibles al ojo humano intenta mantener el ritmo de las algas flotantes. Los tiburones escuchan algo, a lo lejos, que reclama su atención (El timbre de la Mansión). Se alejan. Américo huye envuelto en algas y cae en un sueño sin sueños.

Bernard lleva en el umbral de la Mansión Laparisienne casi una hora. Desde allí puede oír sin problemas los gritos de madame Laparisienne.
—¡AMÉRICO! ¡LA PUERTA, AMÉRICO!
Pero Américo huye de los tiburones y no responde. 
Finalmente M.L. incurre en un acto de extrema humildad y abre ella misma la puerta.
—Ya era hora —le dice a Bernard, de Express Máyordoms, y se vuelve a recuperar su posición digna y elegante en el sillón principal de la sala de estar—. Adelante. Por supuesto, son más de las 12 y ya no quiero mi aperitivo semi-matinal. Me conformaré con un Darjeeling levemente endulzado.
Minutos después, Bernard interrumpe la lectura de M.L.:
—Me disculpará la señora, pero debo ausentarme para adquirir Darjeeling.
—No. He perdido el deseo de té. Suba hasta el ala oeste de la tercera planta y despierte a mi mayordomo Américo.
—En seguida. 
—Cuando esté bien despierto, infórmele de su despido inmediato y efectivo desde esta mañana, y pídale firmemente, o mejor: ordénele amablemente que se retire para siempre de esta mansión.
—En seguida.
—Y váyase usted con él.
—En seguida.

Los Interruptores Ectoplasmáticos de Pelmon III atacan de nuevo. La ciudad selenita de Han-Hong vacila como una vela en el viento y su caída definitiva parece inminente. El Escuadrón de Emergencias, dirigido por Amérikon, recupera fuerzas en una trinchera improvisada entre los escombros del antiguo edificio imperial. 
—¡Larry, infórmame! —ordena Amérikon.
—¡Señor! ¡Nos quedan solamente ocho unidades! ¡Baja munición, señor! ¡Fermer ha sido herido!
—¿Gravemente?
—¡Es muy pronto para diagnosticar, pero probablemente no sobreviva!
—¿Algo más?
—El radar informa de un ataque aéreo en proceso, señor. Necesitamos encontrar un mejor refugio. Debemos arriesgar nuestra posición actual para alcanzar el edificio del Senado, que aun está intacto.
—Muy bien. ¡Atención todo el mundo! ¡A mi cuenta de tres, todos corremos hacia la sede del Senado! ¡Larry, usted asista a Fermer!
—¡Sí señor!
—¡Garland!
—¡Señor!
—¡Usted va al frente, es el único con escudo de energía!
—¡Afirmativo!
—¡Terence!
—¡Señor!
—¡Cúbranos por detrás!
—¡Sí señor!
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
Los últimos retazos del Escuadrón de Emergencias gritan al unísono y se apresuran entre los escombros del edificio imperial. Una nave de los Iterruptores los detecta y dispara de frente sobre el casi agotado escudo energético de Garland. La herida de Fermer deja un rastro de sangre que forma pequeños grumos rojos con el polvo de los escombros. Las naves biomecánicas desgarran el cielo con gritos pseudoaviares (Madame Laparisienne) y forman una peligrosa bandada de Interruptores que desciende sobre el Escuadrón. 
—¡Al suelo, todos! —ordena Amérikon.
Ensordecido por los disparos de su propio fusil, Dyon no escucha la orden y cuando todos alcanzan la horizontalidad se convierte en presa fácil de las naves interruptoras. Una garra biomecánica se cierra sobre su tórax y le perfora el pecho. Antes de separarse del suelo ya está muerto.
—¡Vamos, vamos! ¡No se detengan! —grita Amérikon y consigue acertar un disparo en la cámara nuclear del pecho de la nave—. ¡Sin piedad!
El Escuadrón alcanza la sede del Senado y asciende las escaleras hasta la tercera planta. Por las ventanas de la Sala Crepuscular Amérikon observa el panorama. Han-Hong ha caído. Algunos selenitas se resisten todavía, pero en vano. Los cuerpos carbonizados visten de negro la avenida principal y su hedor (el jamón de Bernard, que ingresa en la habitación) inunda la ciudad. 

La intensidad del sueño y el nivel de realismo que alcanza a través de un detallismo neurótico ingresan a Américo en el terreno de la parasomnia: todavía asomado por la ventana de la tercera planta de la sede del senado, en Han-Hong, Américo se asoma también por la ventana de la tercera planta de la Mansión Laparisienne. Sus ojos abiertos no observan la penumbra entretejida de las gruesas cortinas, sino el caos selenita y la invasión de los Interruptores Ectoplasmáticos.

Un Interruptor atraviesa el cristal de la ventana y se estrella contra la pared opuesta de la Sala Crepuscular. El ser se retuerce sacudiéndose los trozos de vidrio y grazna horriblemente (Madame Laparisienne). Un grito más grave (Bernard) le responde desde atrás, pero Amérikon no logra ver a su emisor porque un rayo lo encandila, lo ciega, y el impacto lo empuja hacia atrás. Cae sobre el cuerpo blando de Larry.

El sonambulismo de Américo está complicando un trabajo que en principio sólo implicaba la preparación de un aperitivo. Madame Laparisienne no deja de gritar, desde la planta baja, el nombre de su mayordomo y de preguntar «qué pasa ahí» y de avisar que ha cambiado de opinión y ahora sí le apetece el Darjeeling.
Américo balbucea cosas sin sentido, de pie frente a la cortina corrida, y cuando Bernard apoya amablemente una mano sobre su hombro se sacude y se pone en guardia. Bernard descorre las cortinas y acompaña a Américo a la cama, acostándolo suavemente, pero

Amérikon se pone de pie de un salto y golpea al Interruptor que ha disparado. Forcejean. Amérikon le quiebra la quijada de un derechazo. Aprovecha el desconcierto del mareado Interruptor para empujarlo, gritando, hasta la ventana. El Interruptor cae. No levanta vuelo, y pierde la vida al chocar contra el suelo.
El Escuadrón sobrevive al ataque. Exhausto, Amérikon se coloca las alas biomecánicas del ave que acaba de matar Terence, y levanta vuelo desde la ventana. Las alas fallan y 

Américo cae, despierto, sin comprender cómo ha cambiado tanto la ciudad selenita, ahora hay rosas y el cuerpo sin vida de un hombre de esmoquin. El cadáver no amortigua lo suficientemente la caída, y Américo muere. 
Madame Laparisienne no deja de llamar a Américo y de insistir en su té Darjeeling.

Salí a dar un paseíto.

viernes 2 de diciembre de 2011 |

Un paséito salí a dar un paseíto para bajar un poco la frecuencia cardíaca porque tenía un poco alta la frecuencia cardíaca porque había cometido el error de incorporarme un Red Bull al que encima le agregué tres cucharaditas de café, sí sí, no se puede hacer eso pero lo hice y salí medio acelerado a dar un paseíto y la aceleración por cafeína y la frecuencia cardíaca alta me vuelven sobre todo muy sociable así que «qué tal cómo le va Señor Desconocido, ¿paseando a su perro?, pero qué lindo can» les preguntaba y les decía "can" para no repetir "perro" y mantener la comunicación más o menos elegante y «qué tal señora Dotrial siempre me acuerdo de usted cuando voy a la farmacia porque su apellido suena a medicamento, "tomate un Dotrial 5mg", por ejemplo, bueno hasta luego que le vaya bien» y «hola buenos días mi querido portero del vecino, oportunidad de hablar antes no hemos tenido pero nunca es tarde como diría un sabio, jeje, hasta luego, hasta luego» y sigo acelerado y dando el paseíto y en la parada del 42 hay una jovencita harto atractiva y le digo «vaya vaya vaya, en el cielo debe haber huelga porque los ángeles han descendido a la Tierra» y la jovencita harto atractiva me responde «pero qué cumplido tan horrible, oh oh oh, acábame usted de llamar demonio, o lo que es lo mismo, ángel caído» y yo le digo con cara de súplica «ruégole mil perdones y uno más si el millar no es suficiente» pero entonces llega el 42 y se la lleva para siempre y sigo el paseíto y viene un dealer y me dice «oferta sólo por hoy dos porros al precio de uno» y le digo que estoy tratando de bajar un Red Bull con tres cucharaditas de café y me dice «entonces un porro es lo que usted necesita» y me dice «tome, invita la casa» y me fumo el porro y la frecuencia cardíaca al fin comienza a bajar pero justo entonces se cruza un patrullero de la policía y apaga las sirenas y me apunta y me grita «quieto ahí hippie drogadicto» y mientras me taclean y me ponen la cabeza contra el pavimento y yo beso el áspero pavimento les intento explicar que no soy hippie, no, todo lo contrario, soy ultraconservador y defensor del Sistema y si por mí fuera el pelo corto debería ser obligatorio para los hombres y si por mí fuera instalaría un ghetto en los suburbios, todo con vallas electrificadas y pondría adentro del ghetto a todos los  hippies y a todos los inmigrantes y a todos los que se alejan de lo normal por ejemplo homosexuales, mancos, rengos, cíclopes y David Bisbal, y traté de explicarles mientras besaba el pavimento que yo no era drogadicto y no tenía dependencia de ninguna sustancia y que con el porro in fraganti yo estaba tratando de disminuir mi frecuencia cardíaca porque temía un infarto pero antes de poder siquiera empezar a explicar todo esto me esposaron y me sentaron en el asiento trasero del vehículo policial y el conductor dijo por radio «aquí Espétell, tenemos a un 7-23, repito tenemos a un 7-23 nos dirigimos a comisaría» y alguien del otro lado dijo «muy bien Espétell, ya preparo una celda para el hippie drogadicto» y yo le digo a Espétell «momento, momento, yo no soy un 7-23, le juro que yo odio a los hippies y quiero instalar un ghe...» y el policía me dice «¿ah, sí?, ¿así que odiás a los hippies?» y vuelve a hablar por radio y dice «corrijo, no tenemos un 7-23, tenemos un 14-8, repito, 14-8» y del otro lado «Ok, preparo la celda» y yo caigo en el Profundo Pozo del Miedo y pregunto qué es un 14-8 y me dice que un 14-8 es «estereotipación de sector social y/o posible genocidio» y yo le digo que no quiero hacer ningún genocidio pero no termino de hablar porque nos choca una ambulancia en la esquina y ahora ocurren dos cosas muy graciosas: por un lado el oficial que me arrestó no escuchó la sirena de la ambulancia porque nosotros también veníamos con la sirena puesta, y lo mismo ocurrió con la ambulancia que además tenía dos sirenas encendidas, una electrónica en el techo por la urgencia y otra marina en una camilla para Urgencias, es decir que cuando chocamos con la ambulancia salió despedida una sirena (marina) en llamas que venía en la parte de atrás y que se había prendido fuego en un incendio ocurrido en una fiesta de disfraces y lo gracioso fue que 3 sirenas encendidas en la misma esquina no bastaron para evitar una colisión que adquirió proporciones apocalípticas por eso que la gente llama «choque en cadena» que es lo que sucede cuando una ambulancia y un patrullero policial frenan de golpe y sin embargo chocan y todos los que vienen detrás por ambas calles frenan de golpe y sin embargo chocan y encima detrás de la ambulancia venía un camión que transportaba pirotecnia y por supuesto explotó el camión y la pirotecnia y la ambulancia y el patrullero y yo me elevé por los aires con lo cual dos veces elevado porque me encontraba bajo los efectos del porro que me vendió el dealer o sea "elevado" psicológicamente y encima estaba elevado físicamente por efecto de la inercia y mientras volaba por el aire con restos de parabrisas en mi cabello sedoso observé todo desde un plano cenital que duró unos breves segundos que bastaron para ver todas las llamas y los muertos y la gente llorando y gritando al cielo «por qué Dios por qué» y varios perros en llamas frotándose contra las paredes y muchos niños traumados por el horror del panorama y vi a lo lejos nuevos vehículos policiales y ambulancias acercándose a la intersección del siniestro y después aterricé por suerte para mí sobre un obeso vagabundo que dormía entre dos colchones, es decir que literalmente aterricé sobre un colchón pero debajo estaba el vagabundo y debajo de él había otro colchón, era como un sandwich de vagabundo obeso, sí, y disculpándome del pobre vagabundo quise continuar mi paseíto pero lo interrumpió el cuerpo en llamas de la sirena (marina) encendida que forcejeaba con su cola falsa en llamas para quitársela y yo la ayudé y soplé y le pedí una manta al vagabundo y con la manta apagué la sirena y ella me agradeció con sus piernas ya desnudas y tremendamente largas y hermosas aunque con algunas ampollitas aquí y allá pero a quién no le gustan unas piernas ampolladas aquí y allá y entonces dije «vaya vaya vaya, en el mar deben estar en huelga porque las sirenas están en tierra firme» y ella sonrió y me pidió pomada para quemaduras y yo justo tenía un pomito en el bolsillo así que dije «¿puedo?» y ella asintió con la cabeza y yo escurrí en sus tremendamente largas y hermosas piernas la pomada para quemaduras, con suavidad insectoide, con neonato amor y con inminente exitación sexual, y aunque ella agradeció la suavidad y el amor no  pudo corresponderme en el terreno de la exitación sexual sobre todo porque si hay algo que trunca la libido, dijo Freud una vez, son un par de piernas ampolladas, y ella daba grititos de «¡tsss!» y «¡ay!» y «¡tsss!» cada vez que yo aplicaba pomada en las ampollitas y yo le decía «perdón, uy, perdón, ya casi, ya está» y le dije «listo, cómo nueva» y le ofrecí la mano para que se ponga en pie y la acompañé hasta un taxi y le regalé la pomada con mi número de teléfono escrito en el prospecto justito abajo de las Instruicciones de Uso y con horror leímos juntos que decía "No aplicar sobre piernas o codos: ¡abuso ardor en pocas horas!" y en su cara vi el rostro del horror y del odio ciego y ella intentó acogotarme pero el taxi arrancó y se la llevó para siempre y yo continué caminando con la frecuencia cardíaca bastante más baja y me alejé de las sirenas y de la colisión y en una calle lateral observé a un grupito de niños jugando al fútbol que me dijeron «ey señor nos falta uno no quiere jugar» y yo acepté pero me pusieron en el equipo que iba perdiendo así que me propuse poner huevo hasta la muerte que la vuelta vamo a dar y empecé a jugar un juego agresivo y de dejarlo todo en la cancha y en el trance de poner huevo hasta la muerte que la vuelta vamo a dar no me dí cuenta de que detrás mío, durante el ataque, iban quedando todos los niños malheridos por mis patadas, revolcándose en el suelo y llorando por sus rodillas raspadas y tibias golpeadas y cuando finalmente pateé y le dí al arquero en el estómago y él junto con la pelota ingresaron en el arco convirtiendo el gol, ahí recién vi el minigenocidio que había cometido en el campo de juego y recordé las palabras del comisario que me había clasificado como un "14-8" y lloré sobre la piedra que era el palo del arco y el llanto acabó de normalizar  mi frecuencia cardíaca y pude volver a casa no sin antes disculparme con los niños que no tardaron en reconciliarse conmigo y seguir jugando y cuando estaba ya por doblar la esquina uno de ellos, el arquero que entró con la pelota y convirtió el gol, me gritó «¡hasta mañana, señor, para la revancha!» o sea que me invitaba y en la invitación estaba la prueba definitiva del perdón y eso me hizo feliz aunque sabía que mañana no iba a venir a jugar porque cuando se me va la frecuencia cardíaca alta se me va también lo sociable y me convierto en un recluso ermitaño antisocial cuasi psicópata y me quedo en casa afilando cuchillos y tomando té de tilo.